NÚMERO DE VISITAS

miércoles, 19 de octubre de 2016

LA FUERZA DE EROS, de María José Moreno

Cada uno de los tres últimos años he leído cada una de las tres entregas de lo que María José Moreno denominó "La trilogía del mal".
Primero fue La caricia de Tánatos (de la que debí haber hecho una reseña), después El poder de la sombra y ahora La fuerza de Eros.
Me ha ocurrido con estas tres joyas de la literatura lo que es francamente difícil que ocurra. Se suele decir que “segundas partes nunca fueron buenas”. Y en este caso, no solo la segunda parte superó a la primera, sino que la tercera ha hecho lo propio con la segunda. Por tercer año consecutivo, la novela anual de María José Moreno ha conseguido convertirse en la mejor lectura del año en mi muy humilde pero realista ranking personal de lectura.

La fuerza de Eros
La fuerza de Eros me ha sobrecogido desde las primeras páginas.

Se trata de una novela tan adictiva como “gruesa”, que no resulta sencillo leer de una sentada (aunque he tardado en hacerlo solo seis horas en total).
La temática que aborda, siendo completa y desgraciadamente actual, no deja de afectar la sensibilidad del lector por su crudeza y realismo. Pero lo hace para bien, pues enseña por un lado y sobre todo, el arte de su autora para cazar sin remedio el interés del lector y, por otro, una realidad que pone los pelos de punta a quienes somos padres y abuelos.
En este punto recuerdo aquella frase conocida que incluí en El pozo de Harod: “Los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla”, es decir, no podemos mirar hacia otro lado y pensar que el ser humano no puede ser tan malo.

Vuelvo a la obra en sí.
Un angustioso triángulo formado por un club de pedófilos con un poder casi infinito, el secuestro de una niña y la psicoterapeuta protagonista, es el esqueleto alrededor del cual María José Moreno teje una historia que tiene cerebro, cinco sentidos, músculos, vísceras, sangre y conciencia.

Se nota cómo la autora domina la teoría de la mente humana, haciendo súper creíble la trama. María José hace un uso del narrador desde varios puntos de vista digno de ser estudiado por los alumnos de cualquier taller de escritura creativa (eso pienso hacer cuando ponga en marcha dicho proyecto). El ritmo de la narración es vertiginoso y la descripción de los personajes, que han madurado igual que las relaciones entre ellos, hace de La fuerza de Eros una película.

Escribí más arriba que no resulta sencillo leerla de un tirón. Y quiero expresar con eso que el lector necesita ir haciendo la digestión del cuadro que presenta. El torbellino de emociones que provoca (para mí, sobre todo, el capítulo 49), obliga a parar y pasear diciéndote a ti mismo: “solo es ficción, solo es ficción…”. Pero no. Llegas de trabajar, pones las noticias y ahí está. Un caso, y otro, y otro. Negar la realidad es engañarse uno solo. Mercedes Lozano, la protagonista, lo explica muy bien cuando piensa: “La maldad tiene tantas caras con las que engañarnos, que la verdad puede ser una de ellas” (cita textual); atención al mensaje hacia quienes tutelamos menores. Y entonces regresas al libro y sigues siendo profundamente afectado.

En fin, La fuerza de Eros, una novela altamente recomendable, como sus dos hermanas mayores.

Así lo pienso y así lo escribo.

martes, 27 de septiembre de 2016

FERIA DEL LIBRO DE MADRID 2016

“Nunca es tarde si la dicha es buena”.

Aunque no soy muy aficionado al refranero popular, tiro de esta conocida frase para justificar mi tardanza en publicar este post.
Tarde, porque tiene como referencia la pasada… pasadísima Feria del Libro de Madrid a la que, como suelo hacer estos últimos años, invité a acompañarme a varios “niños” que espero que un día sean los autores del momento.

Cartel 2016
Unos días antes del evento, paseaba por el pueblo donde vivo desde hace un montón de años y pasé junto a un grupo de chicos y chicas que estaban consumiendo su tiempo en una actividad ociosa como estar sentados en dos bancos de un parque, comiendo pipas, chocolatinas, bollitos industriales y bebidas, sembrando todo el suelo a su alrededor de los correspondientes envases y restos, sin mayor conversación que un "¡Mira!" señalando a su teléfono móvil y haciendo planes para el siguiente botellón en el que, según decían, buscarían emborracharse más deprisa que la vez anterior.
Ni se me ocurrió decirles algo, pues ya he visto otras veces cómo se enfrentan con un descaro absoluto y una medida de agresividad sorprendente a cualquier tipo de autoridad (léase alguien mayor que reprende su comportamiento y actitud nada cívicos), aunque yo, que he dado clase a chavales de esa edad, siento una inmensa tristeza por ellos y sus padres.

Entonces pensé en la suerte que tengo de tener como amigos a los mencionados “niños”, grupo al que cada año se suma alguno más.
Se trata de gente de edades entre los 15 y los 19 años, más o menos como los del parque, pero con las ideas clarísimas como consecuencia, a mi modo de entender, de leer. Bueno, de leer y escribir, porque todos ellos hacen sus pinitos en esto de compartir emociones mediante las letras.


El caso es que este año la Feria incorporaba una actividad que a todos les encantó: un Concurso de Microliteratura organizado por el periódico El País.
Aquí pudieron escribir un cuento o un poema con un máximo de 200 caracteres.
El premio era lo de menos, sobre todo porque había cola cada día para entregar el trabajo, lo cual debía elevar a decenas de miles la cantidad de posibilidades de no salir ganador.


El caso es que este año compraron libros, leyeron, conocieron autores y escribieron. No se podía pedir más a una tarde de literatura pura.

Tengo en mente varios proyectos. Actualmente trabajo en la creación de un curso de escritura creativa, un taller de relato y novela que ocupa la mayor parte de mi tiempo libre. Pero voy a explorar la posibilidad de hacer una revista literaria mensual, y es ahí donde contaré con mis “niños” y con muchos más.

Entretanto, en las próximas semanas, tengo la intención de ceder esta humilde tribuna a cada uno de ellos para que escriban lo que les dé la gana, con el propósito de que sus capacidades alcancen a más personas, y sus nombres comiencen a ser visibles.

Espero seguir compartiendo noticias sobre estos proyectos literarios…

En fin, menos mal que hay jóvenes que saben divertirse sin ensuciar el entorno y ser desagradables desde casi todo punto de vista. Menos mal que hay jóvenes comprometidos con la cultura. Menos mal que hay jóvenes que no serán manipulados, pues tendrán la mente clara cuando el futuro demande su talento.
Eso indica que no todo está perdido.

Así lo pienso y así lo escribo.

viernes, 15 de julio de 2016

EL POZO DE HAROD. RUTA 12: Monasterio de El Escorial (1ª parte)

Estamos ante uno de los caminos contenidos en El pozo de Harod que más me gusta.

Esta primera entrega de las dos que componen la ruta es un clásico en mi repertorio de “profe” de albañilería. Cada promoción de alumnos que tengo pasa por esta excursión gratuita, en la que les enseño Arquitectura y Magia en los exteriores del Monasterio. La mayoría de ellos, hasta quienes ya habían visitado el monumento, quedan gratamente sorprendidos al reparar en los detalles que nadie les contó.

Bueno, antes de visitar de cerca este enclave, me gustaría enseñaros un par de vistas del recinto y contaros en cada una de ellas una de las muchas leyendas que se narran sobre este maravilloso y misterioso lugar, cuentos que con el paso del tiempo y el boca a boca han ido modificando algunas pinceladas.

La primera vista es la “clásica”: desde la Silla de Felipe II.

Silla de Felipe II
Para llegar a este punto hay que conducir en el sentido natural de la carretera que pasa por delante del Monasterio, la carretera de Robledo, que termina cruzando con la M-505, que tomaremos en dirección a Madrid.
Enseguida, a la vuelta de una de las curvas, aparece una magnífica pero efímera imagen del edificio con la Sierra de Madrid al fondo.

Pero ese no es nuestro destino.
Hay que recorrer 2 km. por dicha carretera hasta llegar al desvío a la Silla, que está perfectamente señalizado. Giramos a la derecha y continuamos de frente hasta el final de la carretera, pues esta finaliza allí.
Podemos sentarnos en la silla de Su Majestad, pero lo que veremos del Monasterio es una imagen lejana que alimenta la sensación de que es imposible que desde allí Felipe II dirigiese las obras. Ahora bien, no menospreciéis la impagable visión del Bosque de la Herrería que circunda todo. Es precioso en cualquier época del año.


Y mientras recreáis la vista en semejante fondo, os cuento la primera leyenda: las tejas de oro…

Cuando el sol se posa sobre las torres del Monasterio, en su huida hacia el ocaso, se puede ver un fuerte brillo dorado en la cubierta de varias de ellas, dando la sensación de que hay piezas de oro en la construcción.
Pues bien, al tiempo de las obras, el embajador de Francia le preguntó a Felipe II si le sería sencillo terminar una obra tan grande o si por falta de medios se quedaría como muchas otras, sin terminar. En respuesta, el rey ordenó colocar una teja de oro en la torre central y dos más en las torres laterales que se ven desde la entrada a la basílica.

Ahora bien, puesto que el brillo dorado es completamente real, ¿será verdad que hay tejas de oro?
Pues lo cierto es que no. Lo que produce el brillo es la tapa de bronce dorado de las tres cajas que guardan las reliquias de Santa Bárbara, ya sabéis, aquella de la que nos acordamos solo cuando truena y que resulta ser (según la tradición religiosa católica) la protectora de los rayos y los truenos.
Felipe II ordenó situar dichos cofres ahí para proteger el recinto de las tormentas.



Y yo me planteo una cuestión: ¿cómo es posible que haya reliquias de esta señora repartidas por tantos lugares del mundo? Porque son unos cuantos los edificios religiosos europeos que dicen disponer de sus restos mortales. Digo yo que debía ser una “gran” mujer, ¿no?

Pues mientras decidimos si creer la verdad histórica de las cosas o dejar que la magia de la historia siga relatando sus leyendas, os invito a seguirme a mi lugar favorito, donde veremos desde arriba el Monasterio de El Escorial.


Para llegar hay que coger la carretera que une San Lorenzo de El Escorial con Guadarrama (M-600) hasta el km. 5,800. Ahí hay un desvío hacia el Arboreto Luis Ceballos, en la subida al monte Abantos, un lugar, por cierto, digno de visitar en otro momento. Te dejo el enlace a su página oficial.
A 1,5 km. se divisa por primera vez la figura inconfundible del Monasterio. Pero para disfrutar de la VISTA, aún debemos recorrer la pista forestal que hay debajo de nuestras ruedas y que se conserva en este tramo en buenas condiciones. Disfruta del viaje, pues encontrarás rincones como los que te muestro.



Pista forestal, km. 4,400.
Justo en este punto, en el mismísimo desvío azul hacia el Arboreto, la pista gira bruscamente a la derecha. Estamos en el lugar donde os recomiendo aparcar, pues es un ancho anticipo del posterior estrechamiento y grave deterioro del estado de la pista. Además, hay que regresar sobre nuestros pasos (a menos que conozcas bien la zona y sepas callejear por la carretera) para continuar el viaje hacia el Monasterio, por lo que conviene tener el coche en un lugar de fácil maniobra.
Caminamos hacia arriba 400 metros hasta el mirador de piedra. Si lo paseas en primavera-verano, déjate seducir por el intenso aroma de la jara y el canto de los pájaros.
Y ahora, contempla la imagen del edificio desde el mirador y dime si no te parece que Felipe II debería haber subido hasta aquí para dirigir mejor las obras.
Estás ante un complejo construido a mediados del siglo XVI. Aunque no lo veas con claridad, incluye un palacio, residencia de la familia real española. Dispone de una basílica con panteón, lugar de sepultura de todos los reyes de España de los Austrias y los Borbones excepto Felipe V y Fernando VI. Tiene un monasterio, originalmente atendido por monjes de la Orden de San Jerónimo y ocupado en la actualidad por frailes de la Orden de San Agustín. Y, por supuesto, alberga una extraordinaria biblioteca.

Monasterio de San Lorenzo de El Escorial (Madrid)

¿Por qué razón eligió Felipe II este entorno para su gran proyecto? Además de por el clima (la zona es fresca en verano) y por la proximidad de los materiales necesarios para la obra, algunos historiadores han apuntado una posible razón más espiritual. Y aquí es donde comienza la leyenda…

Cuando el Diablo fue expulsado del cielo, vivió algún tiempo en una cueva situada a los pies de este monte. Mientras tanto, anduvo por la Tierra creando siete puertas para acceder al infierno.
Puesto que los terrenos donde se levantó el conjunto ocupaban una mina de cobre que expulsaba azufre, la gente creyó que una de aquellas puertas estaba ahí.
Felipe II no era ajeno a esta leyenda medieval. Así que convocó a una comisión de expertos que aglutinaba filósofos, arquitectos, canteros, teólogos y el cronista real, a la sazón, el padre Sigüenza.
Según la crónica que él escribió, el grupo fue asaltado por un fuerte viento, casi huracanado, que les impedía llegar hasta la mina. Este fenómeno fue interpretado por el fraile como una respuesta demoníaca que pretendía disuadirles de situar allí un edificio religioso. Con todo, el rey ordenó la construcción con el fin de tapar la puerta al infierno.

Como posiblemente sepáis, hay quien sostiene la relación de esta edificación con el Templo de Salomón, cuyos planos, según la Biblia, fueron entregados por Dios mismo. Así que la idea de sellar la dichosa puerta con un templo debió parecerle al rey una misión encomendada por el Altísimo. Y esta es la razón de que el Monasterio esté plagado de referencias al rey Salomón, como iremos descubriendo.

Cuando hagáis las oportunas fotos, nos vamos.


Ya conocemos la ubicación del Monasterio, exactamente a 62 leguas y 1.191 varas de Madrid, así que vamos hacia allí y buscamos aparcamiento, siendo conscientes de dos cosas:



-   Los lunes está cerrado, así que mejor visitarlo cualquier otro día.
- El aparcamiento vigilado situado justo enfrente es carísimo, por lo que buscaremos dónde dejar el coche en la carretera, nada más pasar el edificio, a la derecha. Excepto en días de fiesta, en aquella zona es sencillo aparcar, aunque nos toque regresar a pie.

Bueno, al acercarnos por ese lado del Monasterio, podemos contemplar la fachada sur, dicen que la más bella de las cuatro. Pincha aquí para leer acerca de las cuatro caras de esta maravilla arquitectónica.

En esa zona está el acceso al Jardín de los Frailes, nuestro primer destino. Y nada más entrar, a la derecha, hallamos un pequeño patio, el Patio de la Botica. Como podéis imaginar, encima de él estaba la Farmacia Real.
Felipe II concibió este jardín como un huerto donde cultivar plantas y hortalizas, pero también como un lugar de placer, de ahí su repertorio de estanques y fuentes.

Para diseñar este paisaje, el rey estudió proyectos de jardines de España, Italia, Inglaterra, Francia y los Países Bajos y contrató aquí y allá los servicios de los jardineros más reconocidos.
Esto hizo que el jardín que hoy luce austero fuese en su origen un tapiz tan espectacular que en su día se comparó a las alfombras procedentes de Damasco o Turquía.

El entorno era en sí mismo un jardín botánico que incorporaba 70 variedades de flores y 400 de plantas, muchas medicinales y traídas del Nuevo Mundo.

Recorriendo hasta el final el Jardín de los Frailes, dejando a nuestro paso infinidad de accesos subterráneos que conducen hasta donde tu imaginación los lleve,  nos encontramos con los jardines privados del rey y de la reina. Pasamos a ellos por los accesos adintelados de piedra.

Jardines privados

Estos dos sub-recintos eran independientes en su génesis y permitían que Sus Majestades despachasen en privado con quien les apeteciese.
Como nota curiosa, hay una lápida en uno de los paramentos del jardín del rey a la memoria del general inglés William Wheatley. En ella se cita a lord Wellington, que no es otro que el duque que ayudó a los españoles a expulsar a Napoleón de España. Y es que esta parte del Monasterio hizo las veces de hospital durante buena parte de su historia, (véase la Galería de los Convalecientes en el enlace de las fachadas antes indicado) llegando soldados procedentes de los distintos frentes, algunos de los cuales murieron aquí, como es el caso del tal Wheatley.

Ahora es tiempo de acercarnos al edificio propiamente dicho, por el acceso principal de la fachada oeste.

Estás ante una de las arquitecturas renacentistas más singulares de Europa. De hecho, desde finales del siglo XVI se considera la octava maravilla del mundo, alcanzando en 1984 la categoría de Patrimonio de la Humanidad.

Juan Bautista de Toledo
La obra, conocida como “La Traza Universal”, fue ideada por el arquitecto real Juan Bautista de Toledo, que falleció cuatro años después de comenzar la construcción.

Sería un discípulo suyo, Juan de Herrera, el arquitecto que continuaría las obras hasta su conclusión, dejando unas maneras constructivas por todo el recinto que acabaron convirtiéndose en su sello personal.

Juan de Herrera
Si pinchas en la imagen de Juan de Herrera descubrirás algunos detalles del “estilo herreriano” presentes en la edificación y que de manera sorprendente pasan desapercibidos a la mayoría de sus visitantes.

Pero este edificio no solo es un icono arquitectónico único en Europa, sino que con el tiempo acabó convirtiéndose, y así sigue siendo hoy más que nunca, en depósito de las demás artes. Las pinturas, esculturas, cantorales, pergaminos, libros y demás objetos contenidos aquí hacen del Monasterio de El Escorial un impresionante museo digno de ser visitado con calma.


Felipe II
Escultura frente al Jardín
Además de para cumplir la misión divina de tapar una de las bocas del infierno, Felipe II levantó esta construcción para conmemorar su victoria militar contra los franceses en la batalla de San Quintín, el 10 de agosto de 1557, día de san Lorenzo.

El origen arquitectónico de su planta, que mide nada menos que 33.327 m2., es muy controvertido.

Aunque hay quienes aseguran que tiene la forma de una parrilla invertida en honor a su patrón, que fue invitado forzoso a una barbacoa que dudo mucho que acabase siendo de su agrado, parece que la idea del rey partía de su obsesión con el Antiguo Testamento y con el Templo de Salomón en particular, como comenté antes.


Plano de la planta
Así, aunque las medidas no se corresponden entre sí, el modelo arquitectónico original de este edificio pretendía basarse en aquel.

Sin embargo, desmitificando la relación entre el santo y la parrilla en el concepto original del proyecto, lo cierto es que fue Juan de Herrera quien cambió el diseño una vez se hizo cargo de las obras, eliminando seis torres interiores, levantando una en cada esquina y cerrando los patios. De modo que la forma del edificio y la muerte del santo titular es solo una casualidad, bien aprovechada durante siglos, desde luego.


Todas las cubiertas del conjunto están realizadas con ladrillos montados sobre estructuras de madera y, sobre ellos, planchas de plomo y teja de pizarra.

Incendio Monasterio de El Escorial
Óleo en Museo del Prado
No es de extrañar que el incendio que sufrió el edificio en 1671 acabase con gran parte de su estructura, obligando a rehacerla con maderas traídas del Nuevo Mundo.


Que esta edificación es extraordinaria se sabe nada más verla. Pero os aporto algunos datos que apoyan esa sensación "a lo bestia":

Chimeneas
- 4.000 habitaciones y salas.
- 2.673 ventanas.
- 1.250 puertas.
- 86 escaleras (que no escalones).
- 11 aljibes.
- 88 fuentes.
- 9 torres.

Y ahora, antes de concluir esta ruta, dejadme que os descubra otros dos espacios incluidos en la visita gratuita: el Patio de los Reyes y la Basílica, pinchando en sus correspondientes enlaces.

Antes de irnos me gustaría dejar claro (pues hay mentes calenturientas que persiguen fantasmas), que la inmensa mayoría de los datos que aporto en la visita han sido estudiados directamente por mí, aprovechando mi condición de profesor de albañilería titulado, los contactos que poseo en Patrimonio Nacional y los seis años de investigación que realicé para escribir El pozo de Harod, novela en la que este edificio goza de un extraordinario protagonismo.
Ahora bien, hay un mínimo porcentaje que he extraído de Internet sin la más mínima intención de plagiar, copiar o hacer trampas. Si alguien se siente agraviado por esto, confío en que se ponga en contacto conmigo con el respeto que creo merecer. A cada uno lo suyo...

Espero que os haya gustado este recorrido parcial por la octava maravilla del mundo. Queda pendiente la visita interior, de pago. Pero eso será en la Ruta 13.

Así lo pienso y así lo escribo.

jueves, 14 de julio de 2016

MONASTERIO DE EL ESCORIAL. APUNTES DE ARQUITECTURA: El Patio de los Reyes

Para dar soporte a una de las rutas de El pozo de Harod, preparo este post en el que visitaremos el atrio de la Basílica del Monasterio de El Escorial (Madrid): el Patio de los Reyes.
Acedemos a esta zona atravesando la puerta principal del conjunto, pasando por debajo de la estatua de granito que representa a San Lorenzo.



Estás pisando un rectángulo de 64x38 m., lo que arroja una medida de superficie de 2.432 m2. con el sistema métrico que utilizamos hoy.
Aunque si aplicamos la historia de El pozo de Harod (no olvides que bajo tus pies está el espacio clave de la historia que allí se narra), medirá 685 (Bereshith).

Al echar un vistazo rápido alrededor, lo más probable será que te venga a la mente aquel acertijo:

“No existió jamás un tesoro como aquel. Era tan valioso y codiciado que su dueño no tuvo más remedio que esconderlo bajo el Bereshith de granito.
El hombre, que tenía que hacer un largo viaje, encargó su custodia a seis miembros de una noble familia y les prometió que, a su vuelta, lo repartiría…
Entonces le pidió al más viejo de los custodios que estuviese muy atento a la hora de su regreso, y partió."



Si miras la verdadera fachada de la Basílica verás las estatuas de 6 reyes de Judá, a saber (de izquierda a derecha): Josafat, Ezequías, David, Salomón, Josías y Manasés, una prueba más de la conexión que Felipe II buscaba con el Templo de Salomón…



En cuanto al acertijo, el rey David, el más viejo de los 6 por ser el primero, dirige la vista hacia un reloj situado en la fachada de la torre que se erige a su izquierda.
Sí, estás pisando la cubierta de la sala del tesoro de la Gran Orden del Ocho que está en algún lugar muy abajo… si te fías de la historia registrada en la novela, claro.

Ahora quiero enseñarte un detalle arquitectónico. Tiene que ver con las dos torres laterales que enmarcan esta fachada. Ambas son de planta cuadrada y se elevan nada menos que 72 m.
Si te fijas en el número de cuerpos que tienen cada una, verás dos. Pero en realidad son tres. El que no ves, el bajo, está incorporado en el interior de las edificaciones del convento que, por cierto, se iluminan de manera natural con el ventanal que rompe el centro del frontón triangular que remata la fachada.

Pero lo interesante y desgraciadamente poco conocido de este entorno está en la pared izquierda del Patio de los Reyes, según accedes a este.


Entre la octava y novena ventana, a la altura de la cornisa, se puede ver a duras penas una piedra con una cruz negra grabada sobre ella. Te ayuda a localizarla la figura de la cruz que hace la pizarra de la cubierta, pues está justo debajo.
Se trata, ni más ni menos, de la última piedra colocada en la construcción general, dando por finalizada la obra el 13 de septiembre de 1584, es decir, 21 años después de comenzar.

A este respecto no he comprendido a qué viene el dicho “dura más que las obras de El Escorial”, pues en aquel tiempo la edificación religiosa podía alargarse incluso siglos. No hay más que ver la duración de obras como las catedrales de Madrid o Barcelona…

He tratado de investigar el sentido del dicho, pero siempre me he topado con generalidades basadas en que los trabajos de ornamentación y los añadidos se prolongaron más allá del siglo XVII. En fin, ahí queda la frase…

Y colorín, colorado, el cuento del Patio de los Reyes ha terminado. Hay mucho más, pero espero que lo descubras en tu visita personal.

Así lo pienso y así lo escribo.

jueves, 26 de mayo de 2016

MONASTERIO DE EL ESCORIAL. APUNTES DE ARQUITECTURA: La Basílica

Para dar soporte a una de las rutas de El pozo de Harod, preparo este post en el que visitaremos una parte espectacular del Monasterio de El Escorial (Madrid): la Basílica.

Hace unos meses la visité acompañado de los que en ese momento eran mis 14 alumnos, de los cuales 6 eran marroquíes. En cierto momento de la visita uno de los responsables de vigilancia se acercó para informarme de que habían sido protagonistas del seguimiento de sus cámaras hasta que descubrieron que iban conmigo, en lo que les acabó pareciendo lo que en realidad era: una visita guiada. Me confesó que jamás había visto árabes allí. Y no cuento más de aquella conversación porque creo que todos sois capaces de imaginar cómo continuaba…

Escribo esto porque yo, que no soy católico, puedo comprender que haya personas que utilicen su conciencia para decidir entrar aquí o no, aunque la visita se realice fuera del horario de ceremonias religiosas.
Sin embargo, tanto si no tienes problemas con esto como si los salvas de una manera u otra, la visita que propongo hoy (exclusivamente cultural) te aseguro que merece la pena.

De modo que atravesemos el Patio de los Reyes y pasemos por debajo de la estrella del Monasterio, la bóveda plana de Juan de Herrera (de la que hablé en otro post). Por cierto, detente ahí un momento y piensa que, en su origen, ese lugar completamente cuadrado fue una capilla funeraria privada, y su planta es una réplica exacta a escala de la planta del templo donde vas a entrar ahora.
Encima de ti está el coro de la Basílica, de ahí que se denomine “sotacoro” el lugar donde te encuentras.

Vista del altar mayor desde el coro

Ahora sí, penetremos en un espacio en el que la grandiosidad se combina magistralmente con la ingravidez. No serás capaz de sentirme grande allí. Y no es de extrañar; piensa que todo lo que vas a ver está inspirado en el mismísimo Vaticano…

Detalle de los pilares dóricos

Técnicamente hablando, la Basílica es un cuadrado de cincuenta por cincuenta metros sobre el que se levantan cuatro colosales pilares dóricos de ocho metros de lado que, por su posición centrada (se ubican exactamente a quince metros y medio de distancia entre sí), dan lugar a tres naves sin importar desde dónde lo mires. Las ventajas y misterios de un cuadrado…


Cada una de las naves se cierra mediante una bóveda de cañón realizada con ladrillo a partir de los muros perimetrales donde se asientan. ¿Sabías que existe un pasadizo superior que cruza por el interior de esta estructura toda su longitud perimetral? ¡Y cuántos otros ocultará esta imponente construcción!

Camina hacia el centro...

Lo más probable será que tus ojos ya se hayan fijado en la cúpula de granito de diecisiete metros de diámetro que se eleva noventa metros desde donde te encuentras.



Si te fijas, aunque esto es un tecnicismo, esta cúpula se apoya sobre lo que se denomina “tambor”, así que tienes ante tus ojos la primera cúpula de tambor (también llamado cimborrio) realizada en España.

Este elemento arquitectónico favorece la iluminación de la iglesia mediante sus ocho ventanales. La luz natural que los atraviesa, junto con la que entra a través de las llamadas “ventanas termales” ubicadas en distintos puntos de la estructura, es la única iluminación del espacio, lo que produce esa sensación premeditadamente sobrecogedora que te está invadiendo desde que cruzaste sus puertas.

Antes de acercarnos al altar mayor, presta atención al techo del coro, arriba, justo a tu espalda. El fresco que ves lo pintó Luca Cambiaso en 1583. La obra se titula “La Gloria” y, como su nombre indica, pretende representar la gloria celestial.

La Gloria (Fresco en el techo del coro)

Pero fíjate en este detalle del que le habla el Maestre a Carla en El pozo de Harod: La imagen de la “Santísima Trinidad”, en el lugar más alto del fresco, muestra al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo en una más que curiosa escena.
La doctrina antibíblica de la Trinidad enseña que sus tres miembros son una sola persona, de igual sustancia y poder. Pero el artista, lejos de pintarlos así, lo hace como tres elementos completamente diferentes. Mira cómo:
Por un lado, el Padre aparece separado del Hijo y mucho más viejo, precisamente como correspondería una relación “distinta” de padre e hijo, no de iguales. Por otro lado, ambos están representados como personas físicas independientes, sentadas y con sus pies apoyados sobre un bloque de piedra en forma de cubo, es decir, algo sólido, tangible.
¿Y el Espíritu Santo? Lejos de ser parte de ellos, lejos de tener forma humana o de cualquier otra cosa sólida, es un ente que los sobrevuela.
Esa imagen representa mucho mejor lo que la Biblia dice de los tres. ¿Será acaso que Juan de Herrera y Luca Cambiaso se confabularon para introducir un elemento discordante con la doctrina falsa oficial, pero apegado a la verdad? Y, ¿por qué no lo detectaron las omnipresentes autoridades eclesiásticas? Pues que sepas que esta no es la única ocasión en que Juan de Herrera camufló cosas. Te descubriré alguna más en la Ruta 13 de El pozo de Harod.

Retablo mayor
Bueno, regresemos a la Basílica y aproximémonos al altar mayor. Ya resulta espectacular desde lejos, pero de cerca es impresionante.
Aunque fueron 60 los artistas que intervinieron en su ejecución, los principales de ellos fueron Juan de Herrera y Jácome da Trezzo. Un trabajo de cuatro años en el que se emplearon para su embellecimiento jaspes finísimos y bronce dorado al fuego. Los cronistas escribieron sobre este retablo mayor que “es un alarde artístico en el que se lucen la mayoría de las disciplinas de la arquitectura greco-romana”.
Y así es. Si nos fijamos bien, el retablo, que mide treinta metros de altura y catorce de ancho, consta de cuatro cuerpos horizontales. El de abajo, sobre el zócalo, es dórico. Por cierto, el zócalo incorpora dos puertas de caoba a los lados que permiten al acceso a la parte trasera del retablo y a ese lugar muy, muy abajo donde la Gran Orden del Ocho esconde sus secretos…
El segundo, jónico. El tercero, corintio. Y el de arriba, que contiene un Calvario, es compuesto.
Fijémonos un instante en el primer cuerpo. En el centro aparece el tabernáculo.

Tabernáculo
Este templete circular es una joya maravillosa, una obra maestra de Juan de Herrera y Jácome da Trezzo realizado con bronce dorado, mármoles y jaspes. Se tardó en concluir siete años, lo que da una idea del trabajo de orfebrería que incorpora y que se enriquece si cabe con la iluminación a contraluz que le ofrece el Patio de los Mascarones. Está estratégicamente ubicado en la vertical del Panteón Real.

Originalmente guardaba una custodia de oro puro y piedras preciosas, un topacio del tamaño de un puño y la correspondiente hostia consagrada. Pero para ver las dos primeras tendríamos que preguntar a Napoleón dónde escondió estas piezas que robó.

Un detalle curioso y final del retablo mayor es que las esculturas que incorpora en cada cuerpo de abajo hacia arriba son una octava más grandes en cada uno. Si todas fueran iguales, a medida que elevamos la vista las veríamos cada vez más pequeñas y desproporcionadas. Pero compensando en cada nivel su tamaño con respecto al anterior, el efecto óptico es el contrario y el conjunto luce perfectamente equilibrado.

Decimos adiós a las familias de Felipe II y Carlos V que siguen rezando a la derecha e izquierda, respectivamente, del altar mayor, y vamos a visitar brevemente la Capilla de los Doctores, mencionada en El pozo de Harod. La encontramos a la derecha según miramos la puerta de salida.

El óleo que pone rostro a los doctores de la Iglesia, Agustín y Jerónimo, resulta curioso pues el primero sostiene en su mano una representación del Monasterio. Pero la forma que tiene no se corresponde con la realidad, y eso que Sánchez Coello pintó ese cuadro en 1580, solo cuatro años antes del fin de las obras. ¿Por qué?
Tal vez Juan de Herrera quiso rendir homenaje a su maestro Juan Bautista de Toledo, el autor original de la Traza Universal, pues la representación que sostiene Agustín es como era esta en su génesis. ¿Pretendía acallar su conciencia por haber modificado casi por completo el proyecto de su jefe?…

Pero este pequeño recinto incorpora otra peculiaridad: una escultura que muestra a Cristo crucificado, a tamaño natural, en mármol blanco. La imagen enseñaba a un Jesús completamente desnudo, con sus genitales al descubierto. La censura hizo que se cubriesen sus vergüenzas con un paño del mismo color que, si no te fijas bien, parecerá parte de la piedra. Y así sigue siendo hasta el día de hoy.

Estamos llegando al final del viaje. Pero antes de abandonar este majestuoso lugar, dejadme que os de una pincelada de conclusión referida a la planta del templo.

Planta real
Aunque esté considerado “Basílica”, lo es solo en el sentido litúrgico de la palabra, pues como os he contado, en realidad se trata de una superficie cuadrada, no con forma de cruz latina que es la verdadera planta basilical.

¿Cómo llegó esto a ser así? Bueno, el mismo año que comenzaron las obras se celebró el Concilio de Trento en el que, además de meterse con los protestantes usando el “Santo Oficio”, se acordó que todas las iglesias debían tener planta de cruz latina. Así que se pusieron manos a la obra y reestructuraron la cubierta, que se amplió para albergar por el este la zona posterior al altar mayor y por el oeste el coro y el atrio. Y ya tenían una cruz… al menos vista desde arriba, pues la planta seguía siendo cuadrada, como hemos comprobado.

Vista aérea de la rectificación de la cubierta basilical
Pero estos esfuerzos y la pasta que Felipe II envió a Roma hicieron que el Papa de turno se lo pensase mejor y emitiese un privilegio por el cual aquel recinto se santificó como “Basílica”.
Al final es cuestión de poder, ya lo veis. Y de ese, la Basílica del Monasterio de El Escorial rebosa por sus cuatro costados.

Y colorín, colorado, el cuento de la Basílica ha terminado. Hay mucho más, pero espero que lo descubras en tu visita personal.

Así lo pienso y así lo escribo.

lunes, 23 de mayo de 2016

MONASTERIO DE EL ESCORIAL. APUNTES DE ARQUITECTURA: La huella de Juan de Herrera

Para dar soporte a una de las rutas de El pozo de Harod, preparo este post en el que concentraremos la atención en algunos de los muchos detalles en los que se ve la firma del arquitecto Juan de Herrera.

Juan de Herrera
Juan de Herrera nació en Cantabria (España) en 1530 y murió en Madrid (España) en 1597. Con 18 años llega a formar parte del grupo de caballeros que acompañan al príncipe y luego rey Felipe II por sus dominios, a través de los que aprende la corriente arquitectónica de la época: el Renacimiento.
La enorme biblioteca privada que aparece tras su muerte atestigua de su ávido deseo de aprender, no solo las artes excelsas, sino también las pseudo-ciencias, cosa que aplica con maestría en infinidad de detalles de sus obras.
En 1563 es requerido por el Arquitecto Real Juan Bautista de Toledo para que sea su discípulo en su obra maestra: La Traza Universal, el Monasterio de El Escorial. Pero solo está a sus órdenes cuatro años, hasta la muerte del maestro.
Felipe II acabaría otorgándole la dirección de las obras, quedando como Arquitecto principal. Y es con esta categoría que modifica sustancialmente el proyecto original de Juan Bautista de Toledo, creando un sello propio que aparece por todas partes en tan magna construcción, confiriéndole la apariencia que hoy disfrutamos.

En este post fijaremos la atención en tres firmas concretas que, a modo de huella dactilar, identifican a Juan de Herrera de por vida, creándose con ellas el llamado “estilo herreriano” que después imprime en el resto de sus diseños constructivos: las bolas, los chapiteles y las bóvedas.
Vamos a verlos uno por uno.

Bola herreriana
Las bolas herrerianas adornan con sobriedad aquí y allá toda la edificación. Se las puede ver adosadas a fachadas, como remates de cornisas y como hitos en muros. Hasta nuestros días ha perdurado este tipo de remate, como bien atestiguan infinidad de viejas y nuevas edificaciones por toda la Sierra de Madrid.

Chapiteles
Por otro lado, cada una de las cuatro torres de 56 m. de altura que cierran las esquinas de la mole de piedra, apuntan al cielo escurialense con una maravilla arquitectónica de complejísimo diseño y ejecución: los chapiteles.



Para crear estos remates se inspiró en los tejados de Flandes y, obsesionado como estaba por la Geometría, ahí podemos ver todo tipo de figuras: pirámides, esferas, triángulos, etc., mezclados proporcionalmente de una manera casi imposible.

En el museo de Arquitectura que alberga el Monasterio se pueden ver los bocetos y maquetas a escala de estas espectaculares puntas.

Antiguo edificio del Ministerio del Aire (Madrid)
En cuanto a chapiteles (y mucho más), resulta curioso el parecido de la edificación de Juan de Herrera en El Escorial con la posterior que hizo levantar el dictador español en Madrid a mediados del siglo XX. Claro que de todos es sabida la obsesión de este señor con el Monasterio de El Escorial…
Aún así, y con todos mis respetos hacia los arquitectos creadores de esta segunda obra, como diría una amiga mía, me parece poco más que "una burda imitación". En este caso, jamás la copia supera al original.

Y he dejado para el final las bóvedas.
Herrera hizo en El Escorial un amplísimo catálogo de ellas: de cañón, de crucería, de arista, rebajadas…


Sin embargo, su obra maestra la realizó en el sotacoro, justo a la entrada de la basílica: la bóveda plana, un prodigio de la construcción para aquel tiempo, una solución audaz hasta entonces jamás ejecutada en ningún edificio del mundo.

Bóveda plana en el sotacoro de la basílica del Monasterio de El Escorial

Voy a tratar de explicar esto.
Para aquellos que no tengan conocimientos de albañilería o arquitectura hay que decir que una bóveda puede emplearse como forjado, la estructura de un piso, el suelo.
Pues bien, justo encima de la bóveda plana que mencionamos se encuentra el coro de la basílica, el lugar delante del altar mayor que está ocupado por los monjes y sus instrumentos musicales (si se tercia) durante las ceremonias religiosas. De hecho, esta bóveda es su suelo.
Una vez empezadas las obras, Felipe II decidió duplicar el número de cantores, lo que provocó la necesaria ampliación del espacio. Originalmente, esta bóveda iba a ser de crucería. Pero el desarrollo de esta incide directamente en su espesor, afectando a la altura del coro y a su superficie útil.
Así que Juan de Herrera solucionó el problema creando esta bóveda de planta circular que solo tiene 24 cm. de espesor y cubre más de 6,5 m. de vano desde sus correspondientes apoyos, lo que permitió que la altura y superficie del coro fuesen las que se necesitaban.
Vista desde abajo, está formada por siete anillos de 40 cm. de ancho compuestos por dovelas de granito labradas en cuña, que tienen como centro o clave un círculo hecho con dos sillares simétricos separados por una junta diametral.
La bóveda plana descansa sobre cuatro arcos rebajados y unas suaves pechinas (triángulos curvilíneos) que van desde el séptimo anillo hasta las esquinas del arranque de los pilares.
Se construyó de fuera hacia adentro. Y no era necesario hacerla completa, pues cada vez que se cerraba un anillo y sus sillares entraban en carga, el conjunto se equilibraba aunque faltasen anillos.

Pero esta bóveda tiene otra historia que voy a contaros.
Cuando Juan Bautista de Toledo murió y Juan de Herrera le sustituyó, Felipe II no le consideraba tan buen arquitecto como el primero. Y Herrera estaba dispuesto a demostrarle que, como dice la Biblia: “el discípulo puede ser mejor que su maestro”. Así que, una vez finalizada la bóveda, colocó justo en medio una falsa columna pintada imitando al granito, que no llegaba a la bóveda por milímetros.
Entonces hizo llamar al rey, se lo enseñó y le preguntó si le gustaba. Felipe II, que era tan erudito en la arquitectura que los historiadores afirman que con él las obras tuvieron tres arquitectos, asustado e indignado le espetó que dónde se había visto que una bóveda tuviese que estar sostenida por un pilar central.
Herrera pasó una hoja de papel por el hueco entre la falsa viga y la bóveda, dejando al rey boquiabierto. Y a continuación empujó el pilar, provocando el terror del rey, que creyó que se le vendría encima la construcción de granito.
Así vio la maravilla arquitectónica de esta bóveda, diciendo la famosa frase: “Herrera, Herrera, con los reyes no se juega”. Y no solo le otorgó su plena confianza, sino que le concedió el título de su maestro: Arquitecto Real.

Resulta sorprendente la cantidad de gente que pasa por debajo al entrar en la basílica e ignora lo que hay sobre su cabeza. Confío en que cuando lo visites mires al techo del sotacoro con otros ojos.

Juan de Herrera, por su parte, acabó siendo llamado por las cortes europeas más influyentes, incluyendo el mismísimo Vaticano, para realizar otras obras maestras…

Y colorín, colorado, el cuento de Juan de Herrera ha terminado. Hay mucho más, pero espero que lo descubras en tu visita personal.

Así lo pienso y así lo escribo.