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viernes, 14 de septiembre de 2012

COMPROMISO CON LOS NOVELES


La primera vez que ejercí como monitor en una Escuela-Taller fue sustituyendo a un compañero que se acababa de jubilar cuando aún faltaban ocho meses para terminar aquella promoción.
Me encontré con ocho alumnos de 17 años, desahuciados del sistema educativo y excluidos de la sociedad. Me miraban con recelo y yo me preguntaba cómo iba a enseñar albañilería a niños (en poco tiempo se convirtieron en “mis niños”) cuyos únicos objetivos cada fin de semana eran emborracharse y tirarse a alguna chica.
Uno de ellos, que se había ganado a pulso entre mis colegas docentes y sus mismísimos compañeros el título de “vago profesional”, me explicó que jamás había colocado un azulejo. Esa afirmación era sorprendente habida cuenta de que llevaban consumidos dieciséis meses de un curso en el que no se hacía otra cosa. Pero su permanente mala actitud desde el principio empujó a mi antecesor a marginarle recogiendo escombro y limpiando herramientas. Y estaba amargado al máximo.
A mí se me ocurrió dedicarle más tiempo e interés, enseñándole lo más elemental del oficio, como si acabásemos de empezar el proyecto. Él me siguió la corriente, seguramente convencido de que, más pronto que tarde, arrojaría la toalla. Pero no me conocía. Durante varios días me esforcé por persuadirle de lo maravillosa que es la tarea del albañil que, como suelo explicar a mis alumnos, es el que “divide el espacio y que, sin su trabajo, ningún otro oficio efectuaría sus labores”.
En fin, fue capaz de poner cinco o seis azulejos en una jornada de siete horas. Yo me sentí satisfecho, pero él mucho más. Tanto que cada mañana, antes de empeñarse en mejorar la marca del día anterior, miraba el trabajo que había realizado y lo mostraba orgulloso a todo el que quisiera prestarle un poco de atención.
Estoy seguro que hoy andará detrás de alguna chica y que no se dedicará al menester que traté de enseñarle. Pero yo aprendí una lección: cuando realizamos una tarea, da igual si se trata de poner azulejos o escribir una poesía, nos sentimos bien si otro lo ve y realiza algún comentario elogioso. ¿Acaso no es eso lo que necesitamos para seguir luchando?
Soy un autor novel, para quien es un privilegio enseñar mi trabajo, así como recibir tanto elogios como críticas constructivas. Y comprendo que otros como yo deben sentir algo parecido. Además, hace poco leí a Blanca Miosi en su blog Cómo vender un libro de manera eficiente: “Durante el día no suelo promocionar mis libros en España porque existe una diferencia de siete horas. Pero tengo un ejército de buenos amigos que me hacen el favor de retuitear o twitear las noticias de mis libros. No se imaginan lo gratificante que es encontrar a mi regreso del trabajo una cantidad apreciable de publicidad hecha por mis amigos. ¿Cómo pago yo ese inmenso favor? En las horas que sí estoy disponible y que en América todavía la gente está despierta, 4, 5, 6 de la tarde o más, promociono los libros de los que lo han hecho por mí, mientras España duerme”.
Según esto, y comprendo lo inteligente del argumento, esta gran escritora no tiene miedo a ayudar a que otros autores sean conocidos.
Pues la verdad es que me siento orgulloso de haber puesto desde el principio en marcha una idea apoyándome en mi web www.eduardoperellon.com, una que no he visto desarrollar a ningún otro autor (no soy omnisapiente, de modo que no puedo saber si hay alguno que lo haya hecho y no lo he visto. Perdón por ello).
Tenemos habilitado un espacio al que mi equipo y yo denominamos NOVELES desde donde pretendemos recopilar relatos escritos por autores noveles o desconocidos (aunque estaríamos encantados si algún escritor consagrado tuviese a bien honrarnos con uno), con las sencillas condiciones descritas allí. A cambio, nos comprometemos a publicar en la web tales relatos. Pinchando aquí se puede ver un modelo del resultado. En este caso, se trata de algo que muchos de mis amigos ha pedido: leer mi primera novela, escrita con 15 años. (Como siento bastante vergüenza, tendrán que conformarse con el arranque de la misma).
Para quienes no hayan podido publicar su obra, creo que resulta una opción enriquecedora. Por lo menos yo habría estado encantado si alguien me hubiese dado semejante oportunidad de hacer público lo que de otro modo casi nadie vería ni juzgaría.
Así que quiero invitar desde aquí a todos los escritores a honrar nuestra web con sus trabajos. Si tienen a bien recomendar el mío a otros, fantástico. Pero si no es así, no importa. Me daré por satisfecho sin un gran autor de mañana se acuerda de que fuimos nosotros quienes pusimos su nombre debajo de una luz.
Así lo pienso, y así lo escribo.

4 comentarios:

  1. Muy buena tu entrada y es una gran oportunidad para dar a conocer nuestros trabajos. Mil gracias.

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    1. Gracias, Isabel.
      Ahora esperamos ansiosos vuestros trabajos.
      Eduardo Perellón.

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  2. Hola Eduardo,

    ¿Podrías indicarnos quién compone tu equipo? Sería muy interesante tener datos y conocer que personas y que cualificación tienen para ser un buen equipo que sepa valorar un buen trabajo.

    Creo que dentro de poco podremos hablar de algo importante, me impresiona tu forma de trabajar.

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    1. Hola Mario.
      Conozco muchas personas que, sin considerarse expertas en vino ni tener diploma de catador, saben distinguir uno bueno de uno menos bueno. Ellos dicen: "Sé lo que me gusta". Y me parece más que respetable porque, además, casi siempre aciertan.
      Digo esto porque, para que un equipo humano sea suficientemente honroso, no es necesario poseer licenciaturas ni cualificaciones académicas. Si quienes forman parte de mi equipo fuesen reconocidos autores, críticos, profesores o periodistas, lo más probable sería que mi humilde trabajo estuviese bien visible en las grandes y pequeñas librerías del mundo, lo que me permitiría compensar económicamente la impagable labor que realizan por mi, algo que jamás aceptarían. Pero esto, evidentemente, no es así.
      Verás, mi equipo está formado por dos especialistas en alta tecnología, imprescindibles para alguien tan limitado como yo en lo que a aparatos se refiere. Ellos son el alma técnica.
      Luego hay entre tres y siete personas cuya virtud es ser lectores habituales. Y éstos, que siempre juzgan y enriquecen mi trabajo, no son conocidos más allá de mi entorno. Pero al igual que el que ha probado muchos vinos y sabe cual le agrada y cual no, ellos distinguen perfectamente una novela que les gusta de aquella que no les llena, siempre argumentando sólidamente sus opiniones.
      Además cuento con la ayuda de dos maestras de escuela, siempre disponibles para cualquier consulta sobre gramática u ortografía, pues todo el mundo sabe de mi limitada formación académica.
      Y por último, tengo la inestimable colaboración de docenas de lectores valientes que me hacen saber su opinión, a veces crítica, sobre lo que hago. Éstos, aunque no conozco su identidad, son tanto o más útiles para mí como aquellos a los que me refiero con la expresión cariñosa "mi equipo".
      De todas maneras, Mario, no creo haberme puesto al frente de un grupo de jueces. Cuando invito a quien quiera a enviarnos un relato, no es para juzgarlo bueno o malo y en función de eso publicarlo o no hacerlo. La única condición que pusimos para publicar en la web tales obras era que no fuesen inadecuadas (vulgares, soeces, xenófobas...), algo que busca cuidar el buen gusto y la educación, virtudes que no se aprenden en universidades ni escuelas superiores.
      Como siempre, recibe un saludo afectuoso.

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