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miércoles, 26 de septiembre de 2012

POLLO AL AJOPIPU

Literatura y cocina. Cocina y literatura.
Ambas palabras juntas, sin importar el orden, no solo resultan en una eufonía redonda; además, tienen un nexo de unión invisible y, sin embargo, real.
Los amantes de la historia medieval o los lectores de novela histórica saben cuán estrecha era la relación entre ellas. En los monasterios, por ejemplo, mientras los religiosos comían juntos en el refectorio, escuchaban en silencio la lectura de textos. De hecho, no se empezaba a comer hasta que el lector subía a su lugar.

Lo escrito, sin importar si era o es de carácter clerical o laico, para entretener o formar, antiguo o moderno, impreso sobre arcilla, piel, pergamino, papel o dispositivos electrónicos, abunda de referencias directas o indirectas hacia lo que la cocina representa: una necesidad casada con un placer.
Cuando hablo de literatura y cocina no estoy pensando en escritores “triperos”, (y esto lo digo con profundo respeto, pues yo mismo me considero así). Pienso en aquellos que no se han resistido a mostrar una escena en su obra en la que se desarrolla una parte importante de la historia que cuenta, o simplemente haciendo divinamente humanos a sus protagonistas, permitiendo que el lector vea unos fogones a pleno rendimiento o una mesa bien surtida. Pienso en esos temerarios del papel en blanco que han compartido olla y cuchara de madera, mesa y mantel, con la musa.
Estos sentimientos son los que me empujan a inaugurar esta sección de los miércoles en este humilde blog. Y tal y como prometí, voy a desvelar la misteriosa receta del pollo al ajopipu que, como veréis, no es tan misteriosa. Mientras lo hago, imagina a Carla, Pablo e Iñaki, protagonistas de El pozo de Harod, en la escena que se narra allí…

Pollo al ajopipu
Poco a poco había caído la noche y Carla, dándose cuenta de que aquello se alargaría indefinidamente, decidió dejar a los chicos en la biblioteca y preparar algo de cenar.


INGREDIENTES:
1 pechuga de pollo hecha filetes, 2 contramuslos de pollo hechos filetes, 1 pimiento rojo, 1 puerro, 5 dientes de ajo, 5 patatas, 4 cucharadas de harina de trigo, 1/2 vaso de vino blanco, perejil picado, aceite de oliva virgen extra, sal gorda, sal fina, pimienta negra molida y agua.

PREPARACIÓN:
Picar en juliana el pimiento y el puerro, una vez lavados. En una cazuela con un chorrito de aceite pochar el picado. Mientras tanto, cortar el pollo en trozos medianos y salpimentar. Pelar las patatas y cortarlas en tamaño algo mayor que un dado (ideal como las patatas bravas). En una sartén con aceite bien caliente, freír las patatas y, una vez fritas, apartar, escurriendo el aceite sobrante.
Pelar los ajos y, en un mortero, majarlos con un poco de sal gorda. Después, echarlo en 1/2 vaso de vino blanco, mover bien y apartar.
Una vez pochado el pimiento y el puerro, añadir el pollo y remover hasta mezclar. Añadir la harina y rehogar con la mezcla de vino y ajos. Luego cubrir con agua y cocer entre 20 y 30 minutos sin dejar de mover para evitar grumos. (Nota: el tiempo de cocción permitirá la reducción del agua y el espesamiento de la salsa, interrumpiendo éste al gusto).
Cuando el guiso esté a punto, añadir las patatas y remover 5 minutos más a fuego lento. Servir, adornando el plato con un espolvoreado de perejil picado o utilizando la imaginación.

—¡Iñaki!, ¡Pablo!, venid. Esto ya está —les dijo.
Agotados, con el cuello dolorido por mirar tantos libros, dejaron todo y acudieron a la cocina. El olor de la cena les devolvió la sonrisa.
—¡Hum! Huele fenomenal.
—Mejor sabrá —respondió ella, halagada.
—Seguro que sí.
Mientras se acomodaban en la mesa y Pablo servía algo de vino, Carla trató de ponerse al día.
—¿Habéis encontrado algo?
—No —contestó Iñaki, desolado.
—Tal vez estamos perdiendo el tiempo. Quizá no hay nada que encontrar porque no hay nada que buscar —dijo ella.
Y comenzaron a cenar.
—Esto está buenísimo, Carla.
—Gracias, Pablo. ¿Sabes?, cuando era una niña, mi padre y yo inventamos este guiso.
—¿En serio?
—Sí. Tomamos prestada una receta, lo ajustamos a nuestro gusto y cambiamos su nombre.
—¿Cómo lo llamáis?
—Pollo al Ajopipu—respondió ella.
La cara de perplejidad de Pablo obligó a Carla a explicarle la razón de tan excéntrico nombre, pero Iñaki se adelantó.
—Lleva ajo, pimiento y puerros... Ajo-pi-pu.
—¡Ah!, ya comprendo —dijo Pablo—. Bueno, el nombre es poco comercial, pero lo importante es lo bueno que está.
—¿Os habéis parado a pensar en que, a lo peor, papá no ha dejado ninguna pista, porque no era necesario? —preguntó ella, y añadió—: ¿Para qué hacerlo? Los tres conocían lo que se traían entre manos y no hacía falta dejar rastro de eso, ¿no?
—Espero que no sea así, porque si no... —se lamentó Pablo.
—Pero —intervino Iñaki—, ¿por qué han asesinado a sus amigos, y de esa manera?
—Esa es la cuestión —dijo Pablo, mientras se limpiaba los labios con una servilleta—. Llevo toda la tarde pensando en ello…

¿El secreto de hoy? Alguien dijo que "cuando uno escribe una novela, escribe su biografía". Y, sí. Mi hija y yo inventamos este guiso tal y como se narra en el relato.
¡Que aproveche!
Así lo pienso, y así lo escribo.

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