NÚMERO DE VISITAS

martes, 11 de septiembre de 2012

RECUERDOS DE ORO

Conozco a un hombre, escritor aficionado como yo, que ayer se enfrentó a una situación extraña, una que no habría imaginado experimentar hace unos años. Y yo, solidario, acepté su petición y le acompañé.
Visitamos varios locales, lamentablemente cada vez más abundantes al frío de esta crisis, de esos en los que se compran recuerdos de un pasado dorado a cambio de unos pocos billetes de 20 euros, más abundantes cuanto más pesados sean aquellos.
Después de valorar cuatro o cinco opciones, decidió hacer el canje en uno de ellos. No eligió ese por ser menos cutre que los demás; tan lamentable es la proliferación de estos negocios por lo que significan, como el bajísimo perfil que tienen todos, que uno no sabe si le van a dar dinero o si van a salir cuatro maromos por una puerta y hasta ahí ha llegado la breve historia de uno en este mundo. Tampoco le dio importancia al céntimo de diferencia que se ofrecía en otro.
—¡Qué más da! —me dijo resignado—. Me van a engañar de todos modos.
Le vi sacar una bolsita de plástico y depositar sobre el mostrador varios recuerdos. Me llamó la atención uno en particular: en su día sirvió como inspiración para una historia que escribió, que él criticaba constantemente, pero que a mi modesto entender era bastante buena.
No lo dudó ni un instante. “Los recuerdos siempre están con nosotros, aunque no podamos tocarlos”, pareció decirme con la mirada. Y asentí.
Nos despedimos en la calle, pues yo aún tenía que hacer un par de gestiones en Madrid. Contemplé cómo se alejaba cabizbajo, seguramente con la mente dividida. Al menos yo me sentiría así.
Barrio de las Letras (Madrid)

Y mientras dirigía mis pies hacia la Biblioteca Nacional, cruzando de lado a lado el Barrio de las Letras, donde había ocurrido todo, no pude evitar pensar en la paradoja: algunos de los escritores cuyos nombres adornaban placas y calles, y que daban el título al barrio, alcanzaron la inmortalidad después de abandonar este mundo sin haber encontrado un remedio alquímico que prolongase su vida hasta permitirle ver y disfrutar el fruto de su trabajo. Muchos de ellos vivieron vidas miserables y jamás supieron hasta dónde llegaron sus obras y sus nombres. Y mi amigo escritor había acabado cambiando metal por papel allí, como si eso fuese el lastimoso destino de quienes tienen la manía de dejar su huella escrita sobre un papel…

El edificio de la Biblioteca Nacional se erguía orgulloso ante mí. En su escalinata, el protagonista de la novela que ahora mismo estoy escribiendo (El enigma de Calaf), repasaba mentalmente los sinsabores del autor novel, ignorante del vuelco que daría su vida minutos después. Por cierto, se puede leer parte de esta historia pinchando aquí.
Fotografié su fachada con la intención de añadir la imagen a la colección de fondos de escritorio disponibles en mi web www.eduardoperellon.com que corresponden con los exteriores de dicha novela.
Y crucé Madrid a pie, camino de mi otra gestión, sin dejar de pensar en mi amigo y en si un día seré yo quien regrese al Barrio de las Letras, no como suelo hacer para disfrutarlo, sino dispuesto a dejar atrás alguno de mis recuerdos. Quizá no tenga que hacerlo si encuentro el elixir de la eterna juventud.
Así lo pienso, y así lo escribo.

2 comentarios:

  1. Impresionante articulo. Menos mal que a pesar de la triste historia por la que está pasando este país, hay personas que a través de las letras son capaces de hacer volar la imaginación y los sentimientos a tal grado que nos olvidemos del resto aunque solo sea un rato...una de esas personas es sin duda Eduardo Perellón.

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    1. Muchas gracias por tus palabras, Jesús. Ninguno de los que escribimos seríamos nada sin la complicidad de quienes leen. Un abrazo.
      Eduardo Perellón.

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