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martes, 25 de septiembre de 2012

TRAS LOS PASOS DEL ARCIPRESTE DE HITA

“He andado muchos caminos, he abierto muchas veredas…”

Tomo prestadas estas palabras de Machado porque me dan un extraordinario pie para esta entrada.
Muchos saben de mi afición al senderismo, que no prodigo como quisiera por falta de tiempo. Pero hoy voy a compartir un agradable paseo de una hora y media de duración aproximada y no muy exigente. Al disfrutarlo, no solo transitaremos por un paraje incluido en el recién aceptado anteproyecto de Parque Nacional. Además está impregnado de matices literarios. Claro, para realizarlo será necesario acercarse a la sierra de Madrid, concretamente a la localidad de Guadarrama.
El recorrido de la ruta que propongo debe su nombre a Juan Ruíz, Arcipreste de Hita, quien emprendió una gira al final de un ya lejano invierno con el objetivo de “provar todas las cosas”, como él mismo escribió.
Una parte de dicha gira acontece en las inmediaciones del Puerto de Tablada, a medio camino entre Guadarrama y lo que hoy conocemos como el Puerto de los Leones. Aquí cuenta que tuvo contacto con la última de cuatro mujeres serranas de peculiar aspecto.

En fin, el recorrido comienza en el km. 56 de la N-VI, en plena subida al puerto, a la derecha, donde un dolmen de piedra marca el inicio de una pista forestal que nos conducirá al monumento al Arcipreste de Hita, declarado en 1930 Munumento Natural de Interés Nacional a petición de la RAE. Aquí se puede dejar aparcado el coche.
El camino es ancho y cómodo, en suave descenso. Resulta ser una vía que atraviesa un hermoso pinar con abundantes helechos, un solitario espacio donde disfrutar de los sonidos del bosque y de las impresionantes vistas.
Si afinamos el oído y dejamos volar la imaginación, es posible escuchar al pastor trashumante de otra época contando la historia de aquel:

“Como dice Aristóteles, cosa es verdadera.
El mundo por dos cosas trabaja: la primera
por tener mantenencia; la otra cosa era
por tener juntamiento con hembra placentera”.

Versos escritos por el Arcipreste siguiendo las normas del Mester de Clerecía y su Cuaderna Vía, igual que las pistas que Carla y Pablo siguen en El pozo de Harod.
En cierto momento, y a la izquierda, aparece un monolito de piedra que avisa del inicio de un sendero de 800 metros que conduce directamente al monumento. Se trata de un camino en constante ascenso, pero fácil de recorrer y bien señalizado, a veces mediante hitos, otras veces con montoncitos de piedras apiladas.
Entre historias de tiempos pasados llego a la Fuente de Aldara, cuyo nombre es tomado del que tenía aquella cuarta serrana, tan horrible y grande que el Arcipreste afirma:

“En el Apocalipsis, San Juan Evangelista
no vio tal figura ni de tan mala vista”.

Y aunque él clérigo recorre la sierra probando el amor de las mujeres, buscando “compañía siempre nueva, porque es bueno saber bien y mal y usar lo mejor”, ni por dinero es capaz de tener trato carnal con ella.
Prosigo el camino hasta llegar a una pradera, antesala del último esfuerzo antes de llegar al monumento a su autor. Las señales son visibles y fáciles de seguir. Y a la izquierda aparece el objetivo, a cuyos pies se protege un arcón de madera que guarda un ejemplar de su obra: el Libro del Buen Amor y las anotaciones de cuantos llegan hasta allí y desean inmortalizar su paseo dejando escrito un comentario.



Y mientras desando el camino, no puedo evitar pensar en el “golfo” del Arcipreste y en cómo éste personaje inspira admiración al otro Arcipreste, mi amigo Carlos Picatoste, uno de los que más me ayudaron en mi afición y a quien menciono con sincero respeto en la lista de agradecimientos de mi novela.
Así lo pienso, y así lo escribo.

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