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lunes, 29 de octubre de 2012

JOAN MANUEL SERRAT

¡Señoras y señores! ¡Con todos ustedes: don Joan Manuel Serrat… o simplemente SERRAT!
Conozco pocas personas, que se precien de tener un mínimo de sensibilidad, que no se descubran ante el maestro.
Somos muchos los que hemos llorado literalmente al dejarnos envolver por la ternura de sus letras y músicas. Y muchos los que sonreímos socarronamente cuando escuchamos sus agudas y meditadas composiciones. Ante nosotros está el POETA, con mayúsculas y con todo el sentido de la palabra.
Joan Manuel Serrat es un compositor y cantautor de origen catalán nacido en 1943. Tan especiales son sus canciones en lengua paterna, el catalán, como en su lengua materna, el castellano, lenguas ambas utilizadas por igual, lo que causó en su día que algunos radicales le considerasen “traidor” a la causa catalanista, pero que ha permitido a quienes respetamos el idioma, pero no lo hablamos, que nos emocionemos con su inmenso talento.
Ha sido capaz de utilizar la poesía de otros, algunos enormes como Machado, Hernández, Alberti, Lorca, Neruda o Felipe, haciendo que los que no somos aficionados al estilo literario lleguemos a amar muchos versos inmortales.
Su música no entiende de edades, sexo ni fronteras, haciéndole “universal”.
En esta serie que va desvelando la banda sonora de El pozo de Harod, llegamos al momento mágico que transmite Serrat. Hoy doble ración: “Penélope” y “Aquellas pequeñas cosas”. ¡Casi ná!, que diría un castizo.

La primera canción fue escrita e interpretada por Serrat, con la música de Augusto Algueró. Eso ocurrió allá en 1969, mientras el hombre pisaba la luna… o eso nos hacían creer, que opiniones hay para todos los gustos.
Se trata de todo un clásico, una canción que trasciende las épocas, repitiéndose en la vida real de muchas personas, en tanto que se versiona una y otra vez.

Penélope

Y la segunda, escuchada en público por primera vez en 1971, forma parte del disco más conocido del autor: Mediterráneo. Con solo un puñado de palabras escogidas, Serrat es capaz de aflojar los recursos hidráulicos de nuestros ojos definiendo algo tan etéreo como los recuerdos.

Aquellas pequeñas cosas

En fin, dos piezas únicas que puedes escuchar pinchando sobre las imágenes y que Carla Martín recuerda según está escuchando la canción En el muelle de San Blas, de la que hablamos la semana pasada.
Éste es el contexto en el que suena en su mente:

El ambiente se llenó con la música de Maná. Pablo se había tomado la libertad de poner un CD del grupo en el equipo de música de Luis Martín. Sonaba la canción “En el muelle de San Blas” y Carla, que ya tenía claro qué preparar para comer, se dio cuenta de que sus versos narraban una historia muy similar a la que Joan Manuel Serrat contó en su día sobre “Penélope”. Y sus pensamientos derivaron, inevitablemente, en su padre, fan del cantautor. Recordó su canción favorita: “Aquellas pequeñas cosas”. Y aunque Maná continuaba con su historia, su mente se perdió en los versos de aquel...
“Y uno se cree, que los mató el tiempo y la ausencia. Pero su tren vendió boleto de ida y vuelta. Son aquellas pequeñas cosas que nos dejó un tiempo de rosas en un rincón, en un papel o en un cajón...
—Carla —llamó Pablo, entrando en la cocina.
Pero ella ni se enteró.
...Como un ladrón, te acechan detrás de la puerta. Te tienen tan a su merced como a hojas muertas, que el viento arrastra allá o aquí, que te sonríen tristes y nos hacen que lloremos cuando nadie nos ve.”
Pablo supuso que su novia estaba atrapada en pensamientos tristes cuando vio lágrimas rodar por sus mejillas.
—¡Cariño! —dijo, mientras estrechaba a su novia entre sus brazos, con fuerza.
Ella regresó a la realidad y se dejó cuidar. Él no preguntó, consciente de que las irreparables pérdidas habían provocado un vórtice de sentimientos en ella. Y lo comprendía muy bien, demasiado bien.
—Lo siento —se disculpó ella, cortando desde su nacimiento una furtiva lágrima—. Me he puesto blandita.
—Te quiero —dijo Pablo, apretándola contra su pecho.
—¿Ya tenemos billetes? —preguntó ella unos segundos después, retomando el control sobre sus emociones.
—Casi. Falta confirmar y pagar —acabó diciendo.
—Usa mi Visa. Está en mi monedero, en mi bolso —contestó ella.
Pablo besó sus labios con ternura y, prometiendo regresar a su lado para colaborar en la cocina en cuanto hubiese asegurado los billetes, se dirigió con paso cadencioso hacia donde ella le había indicado.
—¡Pablo!
—¿Qué?
—¿Por qué el poema está sin traducir?
—¿En qué piensas?
Pablo desanduvo el camino y se acercó a ella…

A partir de aquí, la historia de El pozo de Harod comienza a acelerarse hacia su tremendo desenlace; pero eso es algo que hay que leer directamente en la obra.

¿Un secreto? Resulta evidente mi admiración por Serrat y su trabajo. Y aunque son innumerables las canciones que amo profundamente, Aquellas pequeñas cosas es, con toda seguridad, mi canción favorita. No importa cuántas veces pueda escucharla, siempre una mano invisible atenaza mi garganta.
Decía José Saramago que “jamás una lágrima emborronará un correo electrónico”. Y siendo esto verdad, la mayoría de escritores habremos hecho un borrón en un manuscrito cuando alguna emoción interna acude a nuestra mente y se nos nubla la vista durante unos minutos, como me ocurrió a mí al escribir esto mientras Serrat me cantaba al oído y miraba las fotos sobre mi mesa de las dos mujeres más importantes de mi vida: mi esposa y mi hija.
Así lo pienso, y así lo escribo.

lunes, 22 de octubre de 2012

EN EL MUELLE DE SAN BLAS, DE MANÁ

En esta serie que desvela la banda sonora de El pozo de Harod nos topamos con uno de los mejores grupos de pop rock latino de todos los tiempos: Maná.
Esta banda mexicana, formada en 1987, desciende de un grupo anterior llamado Sombrero Verde. Desde que adoptó el nombre por el que todos le conocemos, ha cosechado innumerables premios internacionales y sus discos vendidos superan los 25 millones por todo el mundo.

La canción que hoy nos ocupa, En el muelle de San Blas, es uno de los sencillos del álbum Sueños líquidos que se publicó en 1997. Esta canción está inspirada en una historia real, la de Rebeca Méndez Jiménez que, en 1971 y pocos días antes de casarse, ve salir a pescar a su novio Manuel para nunca regresar.  El día de su boda, ella se vistió de novia y acudió al muelle que da el nombre a la canción, ubicado en Nayarit (México). Allí esperó a Manuel durante 41 años hasta que, según publicó el diario El Universal, falleció el día 16 de septiembre de 2012 a la edad de 63 años. Según sus propios deseos, la familia ordenó su incineración y el esparcimiento de sus cenizas en el muelle de San Blas.

Esta trágica historia de amor y los tristes acordes y letra que Maná inmortalizó, que puedes escuchar pinchando sobre la imagen del álbum, suenan para Carla Martin en El pozo de Harod así:

Álbum Sueños líquidos, de Maná

Ella estaba en la cocina rebuscando en los armarios y la despensa, tratando de confeccionar un menú medianamente digno. A medida que se lo inventaba, comprendía lo útil que era disponer de personas que atendiesen, no solo el mantenimiento físico de la finca y la casa, como hacía Miguel, sino de aquellas otras cosas fundamentales: la compra, la despensa, la cocina, la limpieza... O vivías allí y te encargabas tú, o no tenías más remedio que contratarlo.
Su padre sí que lo había hecho bien. Consiguió formar una “familia” de empleados en la que María era la madre. ¿Sería posible reunir de nuevo a la familia? Carla lo había desestimado al principio. Pero poco a poco comprendió que su intimidad no estaba en peligro porque la casa tuviese más habitantes. Y el dinero no era ningún problema. La cuestión era conseguir tratar a los empleados con la dignidad con que lo habían hecho sus padres, verlos como parte de los suyos, considerarlos personas, no nóminas.
El ambiente se llenó con la música de Maná. Pablo se había tomado la libertad de poner un CD del grupo en el equipo de música de Luis Martín. Sonaba la canción “En el muelle de San Blas”…

El secreto de hoy: Estaba tomando un vodka con tónica en un local de copas de Guadarrama llamado “La estación”, con mi cuaderno y un bolígrafo, tratando de escribir la siguiente escena de mi novela. Las musas me habían dado esquinazo y entonces sonó esta canción. Y me puse a escribir, enlazando la narración antes expuesta con la siguiente, de la que hablaré la semana que viene.
Aun cuando resulta una triste canción, me quedo con la intención que los componentes de Maná tuvieron cuando rebautizaron su banda: Maná significa en polinesio “energía positiva”. Que sea esto lo que te invada y permita que sigas luchando por alcanzar tus sueños.
Así lo pienso, y así lo escribo.

jueves, 18 de octubre de 2012

LA TUMBA COMPARTIDA, DE ANTONIA ROMERO

Lo reconozco: tengo una obsesión con las introducciones.
Cuando compro un disco de música suelo poner solo los primeros segundos de cada canción. Así lo hago con todo el repertorio, hasta que el principio de una de ellas me engancha y dejo que siga sonando hasta el final. Por lo general, serán esas canciones que me hayan atrapado con sus primeros acordes las que incorpore a mi colección de favoritas, dejando al margen las otras, aunque sean de mis autores preferidos.
Al dar una conferencia pública, impartir una clase o escribir algo que otros habrán de leer, sigo el mismo patrón. Soy consciente de que solo tendré unos segundos o unas pocas líneas escritas para captar la atención de mis oyentes, alumnos o lectores, y que éstos quedarán atrapados o se dispersarán. Así que imagino que ellos tienen la misma manía y trato de cuidar al máximo mis introducciones. Dice la Regla Áurea que “todas las cosas que quieren que los hombres les hagan, háganlas ustedes primero”, una regla aplicable a tantas cosas…
Pues, aunque tengo por costumbre no dejar de leer ningún libro que empiezo (aunque me esté aburriendo sobremanera), presto una total atención a cómo empiezan. Son muchas las ocasiones en las que me he acercado a una librería sin un objetivo concreto y he comprado una novela completamente desconocida para mí después de abrir varias y leer su arranque, asumiendo que tras varias páginas comience a desinflarse, cosa que a veces ocurre.
Por eso, cuando en mi buen Kindle pasé del título de la obra y el nombre de su autora y leí el comienzo de La tumba compartida, sonreí al saberme ante una buena novela. Júzgalo tú:
 
La tumba compartida
Se oyó un sonido semejante al graznido de un cuervo. Los dos amigos se miraron y un gesto de terror se dibujó en sus rostros. El tercer hombre gritaba desde la entrada.
—¡Corred! ¡Rápido! La puerta va a cerrarse, ¡salid de ahí! ¡AHORA!
No dejaron de mirarse, los ojos de ambos habían quedado petrificados. Un gemido acabó por hacerles reaccionar. Ella estaba seminconsciente en el suelo, un hilillo de sangre salía por la comisura de sus labios. Dulces labios aquellos.
—No podemos dejarla aquí —dijo uno de ellos arrodillado junto al cuerpo roto de la mujer.
El otro se levantó, los gritos apremiantes del tercer compañero se escuchaban desesperados. La entrada estaba ya medio cubierta de arena.
—No podemos hacer nada por ella… A no ser que quieras quedarte y seguirla.
—No puedo abandonarla —los ojos se llenaron de agua.
—Se está desangrando, ya está muerta.
—Aún no —susurró.
La mujer respiraba con dificultad. En ese momento ocurrió algo que les puso el pelo de punta y estremeció su cuerpo con una violenta sacudida…

¿Qué? ¿No te parece un comienzo prometedor?
La tumba compartida es la historia de una anticuaria con ciertos problemas emocionales surgidos a consecuencia de una dramática historia ocurrida en su familia durante su infancia. En la actualidad tiene una tienda de antigüedades a medias con un socio. Un día, un famoso arqueólogo visita el establecimiento, lo que será el principio de una tremenda historia de aventuras, traición, intriga, dobles juegos, amor y muerte entre tumbas en Egipto y faraones, con un amuleto y unos papiros de gran valor que sacudirán los cimientos de la historia oficial de Akhenatón, y que pondrán al descubierto quién es quién en todos y cada uno de los que intervienen en la historia, la mayoría de ellos con un pasado oscuro.

Estamos ante una novela de trama complicada, rebosante de datos históricos y con varios frentes paralelos; no obstante, su lectura es muy fácil. Y aunque por momentos parezca imposible que todas las tramas confluyan, Antonia Romero consigue que eso ocurra con lógica y sentido a medida que la novela avanza hacia su inesperado final, uno que, a mi juicio, deja la puerta abierta para una futura continuación.
La tumba compartida, un magnífico trabajo de una gran persona. ¡Gracias, Antonia!
Así lo pienso y así lo escribo.

lunes, 15 de octubre de 2012

ADAGIO PARA CUERDA Y ÓRGANO, DE ALBINONI

Continúa la serie en la que presento la banda sonora de “El pozo de Harod” y regresamos a los clásicos, en ésta ocasión de estilo barroco.
La pieza que hoy recuerdo está rodeada de bastante misterio. El adagio como hoy lo escuchamos parece que resulta de una recopilación de partituras incompletas de Albinoni, perdidas durante casi dos siglos en la biblioteca de Dresde, y que aparecieron tras los bombardeos que la misma sufrió durante la II Guerra Mundial.
En 1945 Remo Giazotto estudió las partituras, las reunió y completó lo que a su juicio faltaba dejándolo tal y como ahora lo podemos escuchar. Sin embargo, la voz popular siempre atribuyó el adagio a Albinoni, como si él lo hubiera escrito en su totalidad, cosa evidentemente incierta.
Tomaso Albinoni nació en Venecia en 1671. Y aunque destacó como compositor de ópera, es la música instrumental que sin duda escribió (incluyendo los fragmentos antes indicados) lo que le ha hecho inmortal.
Del adagio se graban cada año innumerables versiones, aunque la que se interpreta en sol menor suele recibir la mayor aceptación; a mí, de hecho, es la que más me emociona.

Tomaso Albinoni

Ahora, pincha sobre su imagen, minimiza el resultado y déjate seducir durante poco más de 7 minutos por una melodía mágica, que penetra hasta el alma invadiéndolo todo, tocando hasta la parte más pequeña de la fibra humana y haciendo inevitable que la emoción atenace la garganta y humedezca los ojos.
Y mientras lo haces, imagina a Carla Martín en una escena de transición antes de comenzar a acelerarse la historia que protagoniza y sobre la que parece escucharse esta deliciosa composición barroca…

Sorprendida al despertar y hacerse con la realidad, se preparó algo de comer, aunque eran casi las ocho de la tarde. Después decidió seguir vagueando. Creía merecerlo.
De nuevo en aquel magnífico sillón, se dispuso a rematar el libro. Alzó los ojos y recorrió con la vista aquella imponente habitación, de vigas de madera vistas y ventanales de arco con vidrieras emplomadas. Afuera, el eterno duelo entre la noche y la luz, había dejado un claro vencedor, y se preparaba una tormenta.
Entonces sus ojos se posaron sobre el ordenador de su padre. Se levantó, lo encendió y en el escritorio de la pantalla aparecieron diferentes carpetas. La que buscaba contenía archivos de música y, pensando que estaría bien dejarse acompañar así, hizo doble clic y comenzó el repertorio seleccionado por su padre. Minimizó aquella pantalla y, casi sin querer, sus ojos recorrieron el resto de carpetas y archivos, cuyos iconos esperaban en el escritorio. No quería, pero movió el cursor y lo detuvo sobre “Omega”.
Trató de desechar los pensamientos que le invitaban a retomar el dichoso acertijo. Pero tenía una gran debilidad: era curiosa en extremo. De modo que tecleó cuando “Omega” solicitó la clave y, mientras las entrañas del ordenador crujían al ejecutarse los programas necesarios, como si de un relámpago de raciocinio se tratase, recordó lo que su padre le había dicho justo antes de morir... “Solo ha habido cuatro cosas verdaderamente importantes en mi vida: mamá, tu hermano y, desde luego, tú. Recuerda siempre lo que acabo de decirte”.
Entretanto, la máquina había hecho su trabajo…

¿El secreto de hoy? Cuando tenía 17 años entrenaba cada tarde después de trabajar para correr la maratón de Madrid. En aquel tiempo tenía un gran amigo, mi mejor amigo, Alfonso, a quién sigo apreciando sobremanera hoy pese a la distancia, y con quien compartí casi toda mi adolescencia. Corríamos desde su casa hasta el Parque del Retiro, hacíamos un par de circuitos en él y regresábamos corriendo a su casa. Allí, mientras nos duchábamos y cambiábamos de ropa, siempre ponía un disco de vinilo de Albinoni y dejaba que el adagio llenase por completo la casa. Jamás había oído hablar de él, pero se convirtió en mi pieza de música clásica favorita, a bastante distancia de la segunda y la tercera: el concierto de Aranjuez y el Canon de Pachelbel.
No pude evitar incluirlo sin mencionarlo directamente en “El pozo de Harod”.
¡Que lo disfrutes!
Así lo pienso, y así lo escribo.

jueves, 11 de octubre de 2012

EL EMBLEMA DEL TRAIDOR, DE JUAN GÓMEZ-JURADO

Estrecho de Gibraltar, 12 de marzo de 1940.

Cuando la ola le lanzó contra la borda, el capitán González se agarró a la madera por puro instinto, despellejándose la mano de arriba abajo. Décadas después, convertido en el más prestigioso librero de Vigo, temblaría cada vez que recordase aquella noche, la más aterradora y extraordinaria de su vida…

Así comienza El emblema del traidor.
Dime si con este prólogo no te mueres de ganas por seguir leyendo la historia que sigue, ambientada en Alemania entre los años posteriores al final de la primera guerra mundial y los primeros años de la llegada de Hitler al poder.

Fijaros en el planteamiento de la novela: el capitán González manda sobre una patrullera de la Armada Española que vigila las siempre conflictivas aguas del estrecho. De repente descubren una patera con cuatro personas a bordo, a punto de hundirse. Pero no se trata de ciudadanos africanos, sino de alemanes. Ninguno habla ni una palabra de español, así que la comunicación es imposible. No obstante, el capitán llega a comprender la petición del que parece mandar sobre aquellos náufragos, un hombre con un parche en un ojo que le suplica que no les entreguen en España, sino en Portugal.
Sin llegar a entender las razones de semejante demanda, accede. Y como pago por el favor, el alemán le entrega un extraño emblema masónico de oro mientras repite solo dos palabras: traición y salvación. 

Lo cierto es que quedas atrapado por la historia nada más comenzar a leer. El texto mantiene un ritmo de constante ascenso al suspense, mezclando con maestría una historia de amor y otra de odio. Hay un momento en que el lector cree saber cómo terminará la historia, pero nada más lejos de la realidad. Sorprende con cada página que se deja atrás, convirtiéndose en una de las mejores novelas que he leído.
Cuando terminé de leer, solo podía pensar: ¡Qué buena película sale de aquí!
Lástima no haber descubierto esta fantástica novela antes, aunque siempre hay tiempo para hacerlo, y por eso te invito a hacerlo. Si pinchas en la portada de la novela, podrás descargarla desde Amazon por un precio que ni de lejos está a la altura que se merece.

El emblema del traidor fue premio Ciudad de Torrevieja en 2008, y su autor, Juan Gómez-Jurado, se ha ido convirtiendo en el icono de quienes estamos dando los primeros pasos en este complicado y a la vez apasionante mundo de la literatura.
Juan Gómez-Jurado, un grande comprometido con los pequeños. ¡Gracias amigo! Devoré la novela en un par de días.
Así lo pienso, y así lo escribo.

miércoles, 10 de octubre de 2012

BONITO CON TOMATE Y PIMIENTOS

En el intento de humanizar este blog, quiero apartarme por completo de hacer referencia a mi trabajo y dedicar un miércoles de vez en cuando a una de mis aficiones: la cocina.
Ya he dicho alguna vez que pretendo que éste sea un espacio útil, no necesariamente una plataforma monográfica, pues para continuar promocionando mi novela hay muchos días.
Así que, sin que tenga que ver nada en absoluto con eso, vamos a cocinar. Y como hace un día espléndido (por lo menos en Madrid), prepararemos algo que sea agradable y que no precise tomarlo demasiado caliente, que ya llegará el largo invierno y buscaremos desesperadamente “soplar cuchara”.
Hoy: bonito con tomate y pimientos, según una receta de mi madre que llevo varios años copiando torpemente.

Bonito con tomate y pimientos
INGREDIENTES (para 4 personas):

1.100 gr. de bonito del Norte, limpio y cortado en dados, 2 pimientos italianos grandes, 1 kg. de tomate triturado o, en su defecto, 1 kg. de tomates rojos maduros, 1 cebolleta, harina, sal, tomillo, perifollo, azúcar y aceite de oliva virgen extra.

PREPARACIÓN:

Terminar de limpiar el bonito, eliminando los restos de piel y trozos indeseables. Salarlo y pasarlo por harina de trigo. Mientras tanto, en una sartén pondremos aceite de oliva a calentar. Cuando el aceite esté bien caliente, freír los dados de bonito sin que lleguen a dorarse y, una vez fritos, apartarlos en un plato limpio con una servilleta de papel absorbente para eliminar el exceso de aceite.
Lavar bien los pimientos, cortarlos en tiras de un dedo de ancho y salar con moderación. Freír los pimientos a fuego lento en el mismo aceite, cuidando que no se quemen, hasta dejarlos tiernos.
En una cazuela suficientemente grande, colocar el bonito y los pimientos ya hechos. Colar el aceite y desechar (o guardar para otra receta en la que no desentone un aceite con sabor a pescado y pimientos) hasta dejar en la sartén la cantidad necesaria para freír el tomate.
Si se trata de tomates naturales, que es lo recomendable, lavarlos, pelarlos y quitar el pezón. Triturar con batidora o similar y apartar. Esperar que el aceite esté bien caliente y, entretanto, picar una cebolleta tierna y saltear en él, especiándolo con tomillo y perifollo según nuestro gusto.
Después de dos o tres minutos, añadir el tomate triturado, dos cucharaditas de azúcar (para corregir su acidez) y una de sal. Freír a fuego lento, removiendo de vez en cuando y manteniendo la sartén tapada para impedir quemaduras y salpicaduras de tomate hirviendo, que después hay que dejar la cocina como la encontramos.
Cuando el tomate esté en su punto, pasar a un vaso de batidora o similar y triturar para deshacer los restos de cebolleta y especias, y añadir a la cazuela. Remover y mantener cinco minutos más a fuego lento.
Servir acompañado de patatas fritas, arroz blanco, ensalada o como plato único.

A mí, personalmente, me encanta cuando no está muy caliente, incluso diez minutos después de sacarlo del frigorífico.
Y para acompañarlo, un vino. Puesto que se trata de pescado, seguro que alguien recomienda uno blanco. Pero yo lo disfruto más con un vino tinto, joven o con un ligero toque de madera sin llegar a ser crianza. Y la Denominación de Origen... bueno, cada uno tiene su preferida, aunque las buenas costumbres indican tomar el vino de la tierra donde se esté.
¡Qué aproveche!
Así lo pienso, y así lo escribo.

martes, 9 de octubre de 2012

DZIS JUZ WIEM, DE URSZULA KASPRZAK

Hoy recupero el ritmo impuesto durante las pasadas semanas y continúo haciendo pública la banda sonora de “El pozo de Harod”.

En este post quiero sorprenderos con una canción que en España y en el resto de países que compartimos idioma difícilmente se habrá escuchado. Se trata de una canción polaca, interpretada por Urszula Kasprzak y titulada “Dzis juz wiem”, algo así como “Ahora sé”.
Antes de que pinches en su foto para escuchar la canción, déjame contarte que Urszula Kasprzak es una vocalista de 43 años con una voz extraordinariamente dulce, lo que encaja perfectamente con la canción que hoy propongo.
Sentí la tentación de incluir aquí una traducción de su letra, pero lo desestimé al convencerme que nada suena mejor que en el idioma en que se creó. Así que dejo a vuestra imaginación el contenido, aunque su tono tierno, triste y melancólico y su cadencia suave y lenta no deja lugar a la duda: es una canción de amor, una delicada joya que espero que os guste.
Por cierto, uno podría pensar que el idioma polaco suena duro, como ocurre con su vecino el alemán. Nada más lejos de la realidad. El polaco es música para los oídos. Si no, compruébalo.

Y ahora sí, pincha en su foto, minimiza la imagen y trasládate al contexto en el que suena en “El pozo de Harod”. Carla, Iñaki y Pablo se han trasladado a Wrocław (Polonia) en busca de un profesor de arqueología de este último, alguien que pudiera iluminarles sobre una leyenda antigua que ahora parece mucho más alejada del mito y próxima a la realidad. ¿O es que jamás fue una leyenda?...

Urszula Kasprzak
Salieron del recinto del hotel y comenzaron a circular por Wrocław, una ciudad de puentes e islas. De éstas, la que más les llamó la atención fue la isla de Ostrow Tumski, que era el centro histórico y espiritual de la ciudad, el lugar donde empezó su milenaria historia.
—Fue ahí donde se fundó la ciudad y se construyó la catedral y el resto de edificios góticos religiosos —decía Iñaki, leyendo directamente de un breve catálogo turístico que había cogido del mostrador de recepción, traducido al alemán, al inglés y al español.
Aquellas construcciones formaban uno de los conjuntos de arquitectura religiosa más impresionantes de Europa. Y puesto que solo albergaba construcciones dedicadas al culto, no era extraño que los ciudadanos de Wrocław lo llamasen coloquialmente “la isla de los curas”.
A medida que salían de la ciudad en dirección a Oborniki Słąskie, observaron algo desconocido para los tres. No era ni siquiera la una de la tarde y faltaba luz solar. El cielo estaba completamente cubierto y amenazaba nieve, pero tenían la sensación de que no era aquel encapotado techo el que producía dicha falta. Les parecía que estaba anocheciendo, “pero eso no puede ser”, pensaron.
La carretera que conducía hacia aquel pueblo era bastante básica. A pesar de los cambios y modernizaciones que los polacos habían vivido durante los años anteriores, aún quedaba mucho por hacer.
Carla encendió la radio y empezó a sonar una canción titulada “Dzis juz wiem”, interpretada por Urszula Kasprzak. Aunque no entendían la letra, resultaba evidente que se trataba de una canción de amor.
Atravesar Wrocław a esas horas les consumió casi cuarenta minutos. Y desde el límite de la ciudad hasta Oborniki Słąskie, que distaba veintiséis kilómetros, otros veinte. Así que eran casi las dos de la tarde y las sospechas se confirmaban: estaba anocheciendo. Luego se enteraron de que, durante el invierno, en Polonia caía la noche antes de comer; solo siete horas de luz y diecisiete de oscuridad... un infierno para los visitantes que provenían de otras latitudes.
El GPS iba marcando giros y más giros en las sinuosas carreteras. Entretanto, la luz natural se disipaba y era gradualmente sustituida por una espesa niebla.
—Está llegando a su destino —dijo la artificial voz del navegador.
Los tres ocupantes del vehículo se esforzaban por divisar algo. De pronto empezaron a formarse vagas siluetas a través de la niebla. Cuando el coche se acercó, comprobaron que eran las barras puntiagudas de una reja de hierro ancladas sobre un muro de ladrillos mohosos de tres metros de altura.
El coche frenó delante de la verja cerrada. A un lado había una garita antigua y, sujeta sobre los barrotes de hierro, una placa:

Szpital Pschiatryczny Stanisław Sadowski...

¿El secreto de hoy? Visité Wrocław muchas veces entre 2006 y 2009. La primera vez que lo hice era invierno y el detalle de la falta de luz natural fue una sorpresa para mí. Mientras visitaba varios pueblos de alrededor, mi socio polaco (que conducía) llevaba puesta una emisora de radio local, Radio Zet, donde cada día sonaba la canción que hoy recuerdo con vosotros y que quedó inmortalizada en la novela porque me encantó.

Si alguna vez visitas Polonia, no dejes de pasar por Wrocław, una impresionante ciudad con una plaza central simplemente alucinante. Resulta preciosa en invierno y fantástica en verano, cuando toda ella se llena de color y de terrazas abarrotadas de gente disfrutando de una cerveza de medio litro.

A mí me gusta la Okocim, una de las tres o cuatro cervezas que se comercializan allí. ¡Está espectacular! Pídeme una, que ahora vuelvo...
Así lo pienso y así lo escribo.

lunes, 8 de octubre de 2012

"EL POZO DE HAROD", A 1,99 €

Ya sé que hoy, siendo lunes, toca continuar con la serie de post en los que vamos conociendo la banda sonora de “El pozo de Harod”.
Pero es que hoy tengo una noticia importante que comunicar: tras una semana de negociaciones con mi editorial, puedo anunciar un cambio sustancial en el precio de la descarga de la obra. A partir de este momento, solo costará 1,99 € y puede descargarse ya tanto en la página de mi editorial, Amabook, como en iTunes y, por supuesto, en Amazon. En los próximos días también estará disponible en Google play.
Se me ocurrió hacer una entrada en la que solo apareciese:

“Señoraaaas y señoreeees,
con todos ustedeeees:
El pozo de Harod a uno noventa y nueveeee”

Pero después pensé que no quedaría serio. Aunque, ¿quién espera seriedad cuando se da una buena noticia?
Entonces decidí preparar esta sencilla entrada en la que me limito a hacer público lo que mi equipo y yo llevábamos tramando unas cuantas semanas.

Ya sé que enseguida aparecerá quien se considere padrino del cambio, supuestos lumbreras cuya única virtud es protagonizar la figura que inspiró a alguien a decir que debido a que la velocidad de la luz es varias veces mayor que la del sonido, algunos pueden parecer brillantes antes de escuchar lo que dicen. No me importa en absoluto. Solo quienes formamos “el grupo de Harod” (vaya título friki que se me acaba de ocurrir) conocemos todo lo que se relaciona con las condiciones existentes en el contrato firmado, lo que incluye la política de precios y promociones.
Lo verdaderamente importante son los resultados que se obtienen a medida que la experiencia va allanando el camino. Y ésta indica claramente que se debía efectuar un cambio de sentido, algo en lo que hubo unanimidad en las partes implicadas.

Ahora, por fin, puedo incorporarme a la corriente de escritores como Blanca Miosi, Ríos Ferrer, Juan Gómez-Jurado, Eva García Sáenz, Antonia Romero, Bruno Nievas, Lola Mariné, Andy García, Armando Rodera, Iván Montemayor… (espero llegar a ser un día tan bueno como ellos) que ofrecen su trabajo por el precio de un café. Esto es parte de lo que les engrandece, porque lo que escriben tiene muchísimo más valor.
Pinchando aquí puedes leer completamente gratis los tres primeros capítulos. Así podrás valorarlo antes de comprar.
Si a partir de aquí, quienes se conviertan en mis lectores les cuentan a otros su sincera opinión sobre la novela, entonces se cerrará un círculo que jamás imaginé contemplar.
Mientras tanto, GRACIAS a todos los que aportan algo positivo a este proyecto.

En fin, queda dicho.

“Señoraaaas y señoreeees…

Así lo pienso, y así lo escribo.

jueves, 4 de octubre de 2012

EL MANUSCRITO I. EL SECRETO

“Cuando el monje extendió las manos ofreciéndole el cofre, se encontraba al borde del acantilado. Por un momento tuvo miedo de que fuese una trampa. Antes de entregárselo lo retuvo un instante como arrepintiéndose. Temblaba tanto que pudo sentir sus movimientos compulsivos. Luego el monje hizo un ademán brusco, soltó el cofre y se lanzó al vacío. No se escuchó ni un grito. Instantes después, solo un sonido seco acompañado de un crujido atenuado por la distancia. Horrorizado, se asomó al precipicio y pese a que ya estaba oscuro pudo distinguir un bulto informe sobre la roca plateada…”

Así comienza la trepidante historia de El manuscrito I. El secreto, de Blanca Miosi.
Es la historia de Nicholas Blohm, un escritor norteamericano mediocre que no ha conseguido el éxito aunque tiene un par de novelas publicadas. Deseando escribir la “definitiva”, pero sintiendo que las musas han pasado de él, se sienta en un banco del parque donde espera recuperarlas y conoce a un extraño personaje que le deja un todavía más misterioso manuscrito, y desaparece. El protagonista lo abre y descubre una novela sorprendente, bien narrada, ciertamente adictiva y, sobre todo, sin autor. Inmediatamente se convence de hacerla suya y lo cierra. Pero cuando vuelve a abrirlo, lo que había leído ha sido sustituido por una historia bien distinta.
 
El manuscrito I. El secreto

Blanca Miosi, a quien no tengo el privilegio de conocer personalmente, nos sumerge en una aventura donde se mezcla acción, intriga y misterio en un cóctel increíble por su originalidad, pero en el que los protagonistas resultan personajes creíbles.
El manuscrito I. El secreto tiene una estructura literaria compleja, pero extraordinariamente bien enlazada. Juega con dos narradores (uno hace su trabajo en tercera persona y otro en primera), como si fuese una novela dentro de otra. No obstante, este “juego” permite al lector seguir la historia con suma facilidad.
Está perfectamente rematada al final, concluyendo la aventura que se narra. Y esto es muy importante en vista de la aparente continuación de la saga El manuscrito, pues hace que cada una de las partes que se lleguen a publicar sea independiente de las demás. A este respecto, leí un tuit suyo en el que mostraba su satisfacción por cómo le estaba quedando El manuscrito II. Y cuando un escritor ya contrastado como Blanca Miosi se siente así, es que la continuación de la saga merece la pena. Estaremos atentos a su lanzamiento.
Entretanto, además de leer esta novela, recomiendo visitar el blog de la autora: “Blanca Miosi y su mundo”, uno de los más inteligentes y prácticos que se publican en la red, especialmente para escritores que comienzan a caminar, como yo.
Blanca, gracias por haberme hecho pasar un fantástico fin de semana.
Así lo pienso, y así lo escribo.

martes, 2 de octubre de 2012

MI PRIMERA VEZ

Dicho así, parece que voy a hablar de otra cosa. Pero no.
Hoy quiero escribir acerca de la primera novela que leí. Y para ello, voy a recuperar todo un clásico, un libro leído por millones de personas desde que se publicó en 1883: La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson. (Si pinchas sobre la portada del libro, que además es el que aún conservo con tanto cariño, puedes leer el artículo de Wikipedia en el que se cuentan un montón de anécdotas curiosas sobre la obra).
 
La isla del tesoro
 Pocos escritores de hoy no habrán leído esta trepidante historia de piratas. A mí me regalaron el libro cuando tenía poco más de 13 años y me afectó tanto que nada más terminar de leerlo me puse a escribir. Estoy convencido que aquella novela despertó en mí la necesidad de contar historias.
La isla del tesoro comienza así:

“Soy Jim. El magistrado Trelawney, el doctor Livesey y algunos otros amigos míos me pidieron que escribiera la historia entera de la Isla del Tesoro, desde el principio hasta el fin, sin omitir ningún detalle. Por eso comienzo mi relato en el año 17… y me remonto a la época en que mi padre poseía la posada de “Benbow” y el viejo marino moreno, con el rostro cruzado por una cicatriz, se hospedó por primera vez bajo nuestro techo.
Le recuerdo como si hubiese llegado ayer a la puerta de la posada, con su cofre de marino, que se había hecho llevar tras sí en una carretilla: era un hombre alto, fuerte, pesado, moreno, con una mata de pelo que se desparramaba por las hombreras de la mugrienta casaca azul; las manos fuertes y agrietadas, con uñas negras y rotas, y la cicatriz en una mejilla, una señal sucia, de color blanquiazul. Le recuerdo cuando recorría la bahía con la mirada mientras silbaba para sí mismo; luego estallaba en esta vieja canción marinera que más tarde cantó tan a menudo con una aguda y temblorosa voz de viejo:

¡Quince hombres sobre el cofre del muerto!
¡Yo, ho, ho, y una botella de ron!...”

Y no pude dejar de leer.
Compré una linterna con la paga de mi abuelo y me escondía debajo de la ropa de cama, en mi cueva, viviendo alucinado las aventuras de Jim Hawkins, trasladándome con la mente a los mares del sur, a la Hispaniola, a la isla del tesoro.
Me resultó tan maravillosa la experiencia de leer aquello que decidí intentar escribir algo parecido. De hecho, casi al instante parí la idea de “Pasaje a la muerte”, la imposible historia de un viaje a Marte.
Comenzaba así:

“Soy Ted. Mi amigo Charlie y su hermano Robert me han pedido que cuente la realidad de una historia que, por cobardía, nadie ha querido contar. Es la historia de un viaje a la muerte, un viaje sin regreso, un viaje… a Marte.
Por eso empiezo mi relato el día 16 de Enero de 1970.”

Como se puede apreciar, estaba claramente afectado por La isla del tesoro.
En fin, hoy recuerdo con cariño aquellos días en los que los niños de 14 años pasábamos horas enteras delante de un libro, ejercitando la imaginación y no los dedos.
 
Hoy hay en el mercado un buen surtido de novelas para jóvenes, aunque un clásico siempre será algo especial. Así que, ¿por qué no le regalas a un niño a quien conozcas un ejemplar de La isla del tesoroQuién sabe si con un gesto así estés alimentando a la siguiente generación de escritores.
Así lo pienso y así lo escribo.

lunes, 1 de octubre de 2012

VOLVERÁ, DE EL CANTO DEL LOCO

Un nuevo lunes. ¿Qué nos deparará la semana?
Hoy traigo una canción contenida en “El pozo de Harod” y, por lo tanto, en esta serie en la que estoy recopilando su música.
Volverá fue uno de los sencillos con los que la banda de Dani Martin promocionó el álbum Zapatillas en 2005. Este álbum resultó ser radicalmente diferente a los que publicaron anteriormente, pues adoptaron un estilo mucho más “rockero”, más dinámico. Desde luego la canción que hoy recuerdo contagia optimismo, aunque en el contexto en que se escucha en la novela transmitía todo lo contrario. Con esa aparente discordancia vivió su ritmo y letra (sobre todo su letra) Carla Martín, la protagonista.
Así que, pincha en la carátula del disco, minimiza la imagen y conduce al lado de ella mientras viaja de Madrid a Santander. 
Álbum "Zapatillas"
Aún faltan un par de horas para que amanezca, el mismo tiempo que Carla lleva conduciendo. Había recibido una llamada de teléfono desde el hospital cántabro; su padre se estaba muriendo.
Puso música para evitar que sus pensamientos le atropellasen, pero fue inútil. Cada canción le enfrentaba a la terrible realidad, especialmente Volverá, pues sus padres bromeaban con ella sobre cuántas veces al día era capaz de escucharla. Y ahora, tras la muerte de su madre, parecía verse abocada a la orfandad.
Pero jamás imaginaría la historia que estaba a punto de empezar a vivir, una en la que su padre representaba un papel impresionante y que pondría en las manos de ella el arma que decantaría la eterna batalla entre la verdad y la mentira…

¿Un secreto? Mi hija nos “atormentaba” una y otra vez con la canción; cada vez que terminaba volvía a ponerla, mil veces cada día, todos los días. Cuando escribí el relato que hoy comparto, no me fue difícil representar la escena.
Y ahora, ¡deja atrás la melancolía! Vuelve a pinchar la carátula, minimiza la imagen, sube el volumen a tope y deja que la energía que transmite te invada, te haga sonreír y permita que te enfrentes al lunes con ganas.
Así lo pienso, y así lo escribo.