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lunes, 15 de octubre de 2012

ADAGIO PARA CUERDA Y ÓRGANO, DE ALBINONI

Continúa la serie en la que presento la banda sonora de “El pozo de Harod” y regresamos a los clásicos, en ésta ocasión de estilo barroco.
La pieza que hoy recuerdo está rodeada de bastante misterio. El adagio como hoy lo escuchamos parece que resulta de una recopilación de partituras incompletas de Albinoni, perdidas durante casi dos siglos en la biblioteca de Dresde, y que aparecieron tras los bombardeos que la misma sufrió durante la II Guerra Mundial.
En 1945 Remo Giazotto estudió las partituras, las reunió y completó lo que a su juicio faltaba dejándolo tal y como ahora lo podemos escuchar. Sin embargo, la voz popular siempre atribuyó el adagio a Albinoni, como si él lo hubiera escrito en su totalidad, cosa evidentemente incierta.
Tomaso Albinoni nació en Venecia en 1671. Y aunque destacó como compositor de ópera, es la música instrumental que sin duda escribió (incluyendo los fragmentos antes indicados) lo que le ha hecho inmortal.
Del adagio se graban cada año innumerables versiones, aunque la que se interpreta en sol menor suele recibir la mayor aceptación; a mí, de hecho, es la que más me emociona.

Tomaso Albinoni

Ahora, pincha sobre su imagen, minimiza el resultado y déjate seducir durante poco más de 7 minutos por una melodía mágica, que penetra hasta el alma invadiéndolo todo, tocando hasta la parte más pequeña de la fibra humana y haciendo inevitable que la emoción atenace la garganta y humedezca los ojos.
Y mientras lo haces, imagina a Carla Martín en una escena de transición antes de comenzar a acelerarse la historia que protagoniza y sobre la que parece escucharse esta deliciosa composición barroca…

Sorprendida al despertar y hacerse con la realidad, se preparó algo de comer, aunque eran casi las ocho de la tarde. Después decidió seguir vagueando. Creía merecerlo.
De nuevo en aquel magnífico sillón, se dispuso a rematar el libro. Alzó los ojos y recorrió con la vista aquella imponente habitación, de vigas de madera vistas y ventanales de arco con vidrieras emplomadas. Afuera, el eterno duelo entre la noche y la luz, había dejado un claro vencedor, y se preparaba una tormenta.
Entonces sus ojos se posaron sobre el ordenador de su padre. Se levantó, lo encendió y en el escritorio de la pantalla aparecieron diferentes carpetas. La que buscaba contenía archivos de música y, pensando que estaría bien dejarse acompañar así, hizo doble clic y comenzó el repertorio seleccionado por su padre. Minimizó aquella pantalla y, casi sin querer, sus ojos recorrieron el resto de carpetas y archivos, cuyos iconos esperaban en el escritorio. No quería, pero movió el cursor y lo detuvo sobre “Omega”.
Trató de desechar los pensamientos que le invitaban a retomar el dichoso acertijo. Pero tenía una gran debilidad: era curiosa en extremo. De modo que tecleó cuando “Omega” solicitó la clave y, mientras las entrañas del ordenador crujían al ejecutarse los programas necesarios, como si de un relámpago de raciocinio se tratase, recordó lo que su padre le había dicho justo antes de morir... “Solo ha habido cuatro cosas verdaderamente importantes en mi vida: mamá, tu hermano y, desde luego, tú. Recuerda siempre lo que acabo de decirte”.
Entretanto, la máquina había hecho su trabajo…

¿El secreto de hoy? Cuando tenía 17 años entrenaba cada tarde después de trabajar para correr la maratón de Madrid. En aquel tiempo tenía un gran amigo, mi mejor amigo, Alfonso, a quién sigo apreciando sobremanera hoy pese a la distancia, y con quien compartí casi toda mi adolescencia. Corríamos desde su casa hasta el Parque del Retiro, hacíamos un par de circuitos en él y regresábamos corriendo a su casa. Allí, mientras nos duchábamos y cambiábamos de ropa, siempre ponía un disco de vinilo de Albinoni y dejaba que el adagio llenase por completo la casa. Jamás había oído hablar de él, pero se convirtió en mi pieza de música clásica favorita, a bastante distancia de la segunda y la tercera: el concierto de Aranjuez y el Canon de Pachelbel.
No pude evitar incluirlo sin mencionarlo directamente en “El pozo de Harod”.
¡Que lo disfrutes!
Así lo pienso, y así lo escribo.

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