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viernes, 9 de noviembre de 2012

CANTO GREGORIANO


Con esta entrada concluye la banda sonora de El pozo de Harod.

Hoy traigo un estilo musical de profundo calado religioso; de hecho es utilizado en la liturgia de la Iglesia Católica. Y yo, ajeno por completo a las creencias que lleva implícita dicha religión, presento esta música porque no puede ser de otra manera al contar una historia como la que se narra en la novela. Cuando pinches en la imagen y, mientras escuches la selección, leas el contexto en el que suena en la obra, comprobarás la veracidad de lo que digo.

Pero sería injusto no reconocer, pese a mi posición confesa con relación al catolicismo, la belleza, la profundidad y el poder espiritual que este canto desborda. Leí una vez un comentario de un ateo que, rindiéndose ante la evidencia, dijo: “Si esta música sonase más a menudo en la iglesia, me haría creyente”. Seguro que era una exageración (creo firmemente que asumir una creencia religiosa requiere mucho más que ser envuelto y transportado por una canción), pero ayuda a comprender el sentimiento que suele despertarse en nuestro interior cuando escuchamos un repertorio como el que aporto ahora. Estoy convencido de que la Iglesia, consciente de esto, utilizó la música sacra en el pasado en multitud de ocasiones para lograr sus fines con el pueblo llano.

El canto gregoriano no es otra cosa que rezos con música, muchos de ellos dirigidos a ensalzar la figura de Dios, como aquellos que se basan en fragmentos de las Santas Escrituras. Su ritmo sometido y la religiosidad que lo inunda impiden el lucimiento personal de alguno de los intérpretes; en realidad, el canto religioso siempre ha existido con la intención inequívoca de alabar al dios que corresponda, no a la figura que le canta.
Debe su nombre a la creencia, no confirmada, de que fue el papa Gregorio Magno quien comenzó su recopilación. Y aunque siempre se asocia a lo religioso, sirvió durante gran parte de la Edad Media y el Renacimiento para la aparición de otros estilos musicales más “paganos”. Muchos no saben que el pentagrama que hoy conocemos procede de las neumas gregorianas (notación que se empleaba para escribir la música antes del sistema actual).

En fin, aquí tienes 9,47 minutos de un canto que no deja indiferente a nadie. Éste es el contexto en el que suena en El pozo de Harod:

Mientras se acercaban a la iglesia, que ahora lucía abierta la puerta principal, repasaban las posibilidades de la implicación judía o del Santo Oficio.
—¿Uno de los condes enterrados en la iglesia era hereje? preguntó Carla.
—Cualquiera sabe.

Canto de ángeles
Una segunda puerta separaba el habitáculo que servía de recibidor de la sala sacra, donde por no haber, no había ni cura encargado de la misa. Y eso que era la una menos veinte.
—No hay mucha inquietud religiosa por aquí dijo ella.
La iglesia tenía planta en forma de cruz, con un solado de granito pulido en el que no aparecía vestigio alguno de lápidas.
—No deben estar aquí dijo Pablo—. La información que consulté hablaba del presbiterio de la iglesia.
—Ah.
Pero esa parte de la iglesia, inmediata al altar, y por donde se accede a él, estaba cubierta con una alfombra que ocultaba las supuestas lápidas.
—Pero bueno, ¿es que nada va a salir derecho? protestó Carla, casi gritando.
Pablo hizo un gesto con su dedo índice sobre los labios, solicitando que guardase silencio. La música gregoriana que se escuchaba a través de los altavoces estaba suficientemente baja como para que la exclamación lo superase. Y Pablo creyó que, en cualquier momento, aparecería un religioso que los acompañaría amablemente hasta la puerta, poniendo fin al tour.
Pero no ocurrió. Era como si nadie estuviese presente, excepto ellos dos. Ante aquello, Carla propuso levantar la alfombra, pero Pablo lo desestimó.
—¿Te crees que una iglesia es el salón de tu casa?
—No. Gracias a Dios, no dijo ella, aliviada—. ¿Se te ocurre otra idea?
—¿Qué tal si preguntamos?
—¿A quién? ¿Al fantasma del conde de Valencia?
—No seas sarcástica, por favor. Al entrar he visto una puerta, a un lado. Seguro que allí hay alguien. Si no, ¿quién ha abierto la puerta de la iglesia?
—No te contesto, porque luego dices que soy sarcástica.
Se acercaron a la puerta en cuestión y empujaron. Estaba cerrada con llave. Tocaron, esperando respuesta.
—¿Qué le vas a decir a quien salga? preguntó Carla.
—Creía que ibas a hablar tú.
—Yo no soy arqueóloga.
—Ya. Bueno, te vas a librar porque no hay nadie.
—Eso ya te lo había dicho yo.
—¿Qué hacemos?
—Vámonos. ¿Tiene algo que ver doña Sancha con esta iglesia? —insistió Carla, mientras hacía ademán de salir a la calle.
—No, solo con el castillo.
—Pues no sé qué estamos haciendo aquí.
—Aprovechar que estaba abierta para eliminar una posibilidad.
—Está eliminada. Vamos al castillo…

En este punto de la historia aún falta mucho que descubrir por sus protagonistas. El nivel de suspense solo va en aumento hasta su sorprendente desenlace. Y aunque, como autor, no incluí ninguna reseña musical más, eso no significa que en la mente del lector que sigue la aventura de Carla y Pablo no continúe sonando música épica, añadiendo a la trama el toque misterioso y de acción que se le supone a una novela de estas características. ¿Te atreves a imaginar cuál podría ser?
Así lo pienso, y así lo escribo.

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