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martes, 26 de febrero de 2013

A PROPÓSITO DEL PAPA



El Papa renuncia y el mundo católico se convulsiona.

Inmediatamente aparece tal o cual personalidad, con más o menos peso en sus declaraciones, cerrando filas en torno a su jefe y predicando su valentía, honradez y conciencia, incluso asegurando “que ya lo advirtió y, por lo tanto, no sorprende a nadie”. Pero la realidad es bien distinta.
El año 2012 se convirtió para el Papa en su annus horribilis. Primero estalla el caso Vatileaks. Luego, como consecuencia del nombramiento de 22 cardenales (la inmensa mayoría italianos próximos al Secretario de Estado, el todopoderoso cardenal Bertone), ciertas facciones de peso se rebelan ante la permanente italianización del colegio cardenalicio, lo que obliga al Sumo Pontífice a nombrar otros seis no europeos, un hecho con un precedente de casi cien años. Después surge el problema con el banco del Vaticano, solucionado con las intrigas de los cardenales italianos.
Y el año 2013 no comenzó mucho mejor. Las ansias de poder y las luchas político-religiosas (que no entiendo cómo pueden ir de la mano, pues Jesucristo dijo aquello de “Al César lo de César, pero a Dios lo de Dios”), hacen que el Papa no se fíe de la curia, donde reconoce que existe división e hipocresía. Para colmo, se ha publicado que esta se puso en pie de guerra contra el Papa a causa del malestar que les genera la línea dura contra la pederastia que ha impuesto. ¡Casi nada! Y cada día aparecen noticias que señalan a un cardenal y a otro como sospechosos de ocultar, cuando no de practicar, abusos de menores, affaires homosexuales y pagos millonarios para “tapar bocas”. Esto por arriba, en el cuello de la Iglesia, que si levantamos las faldas por debajo...


No sé si Benedicto IX, Celestino V y Gregorio XII, los únicos Papas que renunciaron a su cargo en la historia de la religión católica antes del actual, se enfrentaron en su día a situaciones como estas. Supongo que cada época tiene sus propias contradicciones, escándalos y situaciones de difícil explicación. El hecho es que mañana se va, llevándose consigo los verdaderos motivos de su decisión.

Planteo esta reflexión al hilo de mi novela El pozo de Harod y de un comentario negativo que ha tenido de parte de un lector escondido tras un seudónimo… rectifico: no es un lector sino un “ojeador”, pues resulta palmario que solo ha echado un vistazo al prólogo de la obra, visible en Amazon, y ha procedido a su devolución y a opinar sobre la novela sin siquiera haberla leído, cosa a la que tiene un respetable derecho por mucho que sea una sucia práctica, pues creo que para realizar una crítica seria hay que completar la lectura.

El comentario al que quiero referirme aquí dice textualmente: “Decepcionante enfoque. Me ha parecido un libro oportunista, y de un pésimo gusto en el relato morboso de torturas. Nada original y a rebufo de sagas del género”.
No entraré a comentar las dos primeras alegaciones y las dos últimas, que son opiniones personales de su autor y, como tal, dignas de respeto. Sí hablaré de la del medio.
Si esta persona hubiese leído más allá del prólogo, habría comprobado que su comentario no tiene peso alguno, pues la novela se desarrolla por caminos diferentes y no es un monumento literario al mal gusto de la tortura sin razón; aún no he conseguido encontrar satisfacción alguna en la violencia gratuita ni como escritor ni, desde luego, como persona.

Ahora bien, no querer mirar a cierto hecho no hace que este no haya ocurrido. Parece mentira que todavía haya quienes crean que evitando leer historia pura y dura nieguen la cruda realidad. Porque, amigos míos, la "santa" inquisición existió durante siglos en los que quienes tenían el poder religioso torturaron de manera sádica, demoníaca diría yo, a centenares de miles de personas cuyo pecado, en la inmensa mayoría de las ocasiones, era estar en el lugar equivocado en un inoportuno momento, cuando no tratar de averiguar mediante la lectura de las Santas Escrituras si las doctrinas que se predicaban desde los púlpitos de las iglesias eran verdad o solo una interesada forma de subyugar al pueblo.

Todo lo que contiene el prólogo de El pozo de Harod está imaginado a partir de docenas de documentos del Santo Oficio desclasificados por la Iglesia de Roma. Los museos de la inquisición se vienen abajo de documentación y artilugios reales, y los testimonios de aquellos inefables juicios llenan las páginas de libros y libros al alcance de cualquiera que esté interesado en conocer la historia del catolicismo.
Pero, claro, hay que estar interesado en ello y no mostrar la falsa cara del puritanismo que lleva a algunos a condenar un sólido trabajo de documentación (imprescindible en cualquier obra literaria medianamente seria) con una mano, mientras con la otra practican el arte de la muerte con videojuegos de un realismo sobrecogedor, visualizan películas de violencia al límite o se la machacan contemplando sexo extremo en el que la vejación a las mujeres es habitual.

La Iglesia Católica ha sido culpable durante siglos de derramamiento de sangre inocente: persiguiendo a los verdaderos cristianos, con las cruzadas, mediante la conversión de pueblos enteros conquistados por el "hombre blanco", en las dos guerras mundiales donde clérigos de uno y otro bando bendecían armas y soldados para matar a sus hermanos de fe en el nombre del mismo Dios o el apoyo descarado y repugnante a los regímenes nazi y fascista, con cardenales y obispos con el brazo derecho "empalmado"... Y la inquisición, que fue especialmente sangrienta y cruel en España y en los países hispanoamericanos donde los tentáculos de la Iglesia llegaban al lado de los conquistadores españoles para sembrar terror y muerte.

El Papa anterior tuvo que pedir perdón por todos aquellos actos difícilmente justificados por la Biblia. Y hoy día su culpa traspasa los barrotes de las Prisiones de la Hermandad y se cuela en infinidad de lugares donde haya un cura y unos niños o una monja y unos bebés. ¿Es posible pedir perdón por esto? Mejor dicho: ¿Acaso estos actos son merecedores de perdón?

Y que quede claro: con esto no estoy condenando a todos los que lucen alzacuellos, tocados o hábitos; seguro que entre ellos hay personas sinceras que merecen respeto pues no se comportan de manera tan torcida. Pero la historia que la Iglesia no puede ocultar, esa que algunos lectores quisieran creer inventada, es completamente real. Y los procedimientos que se desarrollaban en aquellas lúgubres mazmorras están abundantemente documentados, lo mismo que ocurre hoy con los asquerosos actos que nos salpican de mierda casi a diario en los medios de comunicación. Todos hacemos bien en aprender historia, pues los pueblos que la olvidan están condenados a repetirla.

Sin embargo, me he equivocado y lo reconozco públicamente. Porque esta lamentable biografía hizo que un humilde autor como yo convirtiera al narrador de la novela en parte de la historia, algo técnicamente reprobable. Algunos lectores me han hecho saber este detalle: la implicación del narrador en contra de la Iglesia cuando debería ser una figura estrictamente neutral, como tuvo la amabilidad de comentarme mi colega Carlos Molina en la reseña que hizo sobre El pozo de Harod. Ha sido siguiendo esas acertadas críticas (que agradezco sinceramente) que estoy a punto de concluir una profunda revisión de mi obra en la que coloco al narrador donde corresponde y dejo que sea la historia que cuenta y sus verdaderos protagonistas los que interactúen con el lector y le hagan decidir sus simpatías o las contrarias. Pero no he podido resistirme a añadir en la nota final del autor algunas pruebas de las falsedades que la Iglesia difunde como doctrinas desde hace siglos. Habrá quienes prefieran mirar hacia otro lado. Pero estoy seguro que habrá otros lectores sinceros, sin prejuicios, a los que les interesará investigar. En cualquier caso, El pozo de Harod no pretende ser más que una novela de acción, aventura, intriga y misterio con un trasfondo religioso invocado entre el Vaticano y una Orden Secreta, nada más. ¿"Nada original y a rebufo de sagas del género"?... Pues no sé. La mayoría de los varios miles de lectores que han descargado la novela por todo el mundo no deben opinar lo mismo; si no, no lo habrían hecho, ¿no os parece? O tal vez es que siempre hay quienes, como me ocurre a mí, nos siguen enganchando estas historias.

Mientras tanto, con tal o cual cardenal al frente de la Iglesia, las mentiras, manipulaciones, abusos de poder con todas sus ramificaciones, intrigas y entremetimiento en asuntos políticos y económicos continuarán hasta que aquel a quien la Gran Orden del Ocho llama el Dios Altísimo, haga justicia y les ponga donde se ganan a pulso estar desde su fundación.
Quienes me conocen desde hace algún tiempo saben que El pozo de Harod nació a partir de otra novela que escribí y convertí en banco de pruebas. El final de aquella hacía referencia consciente a la intención que tiene la ONU desde hace décadas (se ha publicado mucho al respecto) de estudiar la posibilidad de anular por completo el poder de la Iglesia Católica en todo el mundo. Quién sabe, a lo mejor es así como llegará su final...
Así lo pienso, y así lo escribo.






4 comentarios:

  1. Un excelente artículo, Eduardo, te felicito sinceramente, Das una muy buena información y bastante precisa además. Un abrazo y que tengas un magnifico día!!

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  2. Los que escribimos acerca de acontecimientos históricos relacionados con la religión estamos sometidos al juicio inquisidor. La religión siempre ha sido el mecanismo perfecto de control social. La doctrina fundamentada en el miedo y el castigo ha controlado al populacho durante miles de años, pero cuando ven a la oveja descarriada comerse la hierba que han sembrado sobre la mierda, resulta ofensivo y por ese motivo, matan a la oveja y la acusan de cabrón.
    Han perdido parte del poder y ahora sólo necesitan a un Papa de manos frías, capaz de sujetar con firmeza las patatas calientes.
    Con dos cojones, my friend!

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    1. Vivimos tiempos fascinantes, Josep. Muchas gracias por tu comentario. Un abrazo.

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