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miércoles, 31 de julio de 2013

LLEGAR A VIEJO

Tengo 46 años y desde hace tres días soy abuelo.
Me dicen que eso es un grado, casi un título, que tengo la posibilidad de convertirme en alguien inolvidable para el niño, incluso que ya soy oficialmente viejo.

Es posible que todo eso sea cierto. La verdad es que mi abuelo materno resultó ser la persona más influyente de mi infancia y pre-adolescencia. Recuerdo cierto día de colegio. Estábamos estudiando lo que los libros de texto de entonces titulaban “Alzamiento Nacional”. Después de dar aquella lección, teníamos que preparar una redacción sobre el asunto. Y yo busqué la ayuda de alguien que estuvo allí: mi abuelo.
Él, que perdió la guerra, leyó atentamente el contenido del libro y después me dijo: “Coge papel y lápiz y apunta. Voy a contarte lo que de verdad sucedió”. Comenzó cambiando el título por “Rebelión militar”. Ya podéis imaginar el resto.
Al día siguiente, mi profesor, que a juzgar por su reacción debía ser hijo de quienes ganaron la guerra, tuvo la desafortunada idea de pedirme que leyese en voz alta mi trabajo antes de revisarlo él. Y aunque tuvo la educación de escuchar hasta el final (Franco había muerto y las cosas parecía que tendrían que cambiar), me cascó un “cero” tan glorioso como el libro aseguraba que fue el dichoso alzamiento.
Regresé a casa sorprendentemente satisfecho, convencido de haber sido valiente y hacer lo que era correcto. Y mi abuelo, después de escuchar mi historia, me dio un abrazo sincero. Ya disfrutábamos de una relación especial, pero desde ese día me sentí irremediablemente unido a él…

¡Cómo han pasado estos últimos ocho meses y medio! Parece que fue ayer cuando nos convocaron a los cuatro abuelos para darnos la noticia. Y ahí estábamos la madrugada del pasado domingo en el área de obstetricia, en completo silencio, tratando de escuchar el llanto de Pablo. Jamás tantos ojos se posaron estáticos durante interminables minutos sobre la manivela de la puerta, detrás de la que se estaba produciendo el maravilloso acontecimiento.
Lloramos, reímos, volvimos a llorar y a reír… Veía a mi yerno y me veía a mí mismo 25 años atrás. Una generación viene y otra se va. Así es la vida.

En fin, yo no he vivido una experiencia tan terrible como debió ser la guerra civil española, así que no creo que se repita una escena como aquella que viví en mi infancia. Pero he sido testigo de tremendos sucesos que creo que han cambiado el mundo tal y como era antes: la caída del telón de acero, el 11-S, el 11-M, la crisis económica global, incluso la renuncia de un Papa en vida. De modo que tal vez me encuentre contándole a mi nieto cómo fueron de verdad las cosas, sin la asquerosa manipulación de la información que sobrevive a generaciones y gobiernos.

En cualquier caso, lo que sí podré transmitir a Pablo es mi pasión por la lectura y la escritura (le regalaré mi libro “La isla del tesoro” en cuanto sea capaz de leerlo, a ver si también esa historia despierta su lado creativo, como ocurrió en mi caso). También le enseñaré a bucear, buscaré tesoros en la orilla del mar o pasearé por el campo descubriéndole sus secretos. ¡Quién sabe! A lo mejor la nueva generación sigue tras los pasos de este pequeño escritor aficionado que hoy se siente sumamente feliz. Aunque lo que de verdad deseo es que Pablo llegue a convertirse en una buena persona.


Así lo pienso y así lo escribo.