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sábado, 16 de noviembre de 2013

UN POCO DE HISTORIA

Dos oficios se disputan el supuesto honor de ser los más antiguos del mundo: la prostitución y la literatura.
Si aceptamos que la humanidad comenzó con una primera y única pareja, lo que dificulta sobremanera compartir el lecho con terceros, y asumiendo la necesidad incorporada en la mismísima esencia de los genes humanos de contar lo que ocurre alrededor o en el interior de la cabeza, entonces se reducen considerablemente las posibilidades. Al final, el oficio de escritor es el más antiguo.

Yo sé que tengo imaginación y un cierto don para escribir, aunque jamás pueda exhibir en la contraportada de una obra la autoridad que supone ser profesor de literatura en una universidad de prestigio, tener un doctorado en ciencias, filosofía o historia, un máster internacional en letras, teología o filología, o una brillante carrera de periodismo con un premio Pulitzer incluido.
Tampoco puedo presumir de ser famoso de profesión, como esos parásitos de la sociedad cuyo currículum se amplía proporcionalmente al número y a la categoría de aquellos que pasan por su cama, y que se arrastran de plató en plató describiendo sus patéticas aventuras y escarceos a cambio, claro está, de suculentos e indecentes contratos millonarios. Luego llega el colmo y escriben un libro... Bueno, alguien se lo escribe. Y parte de esta sociedad enferma premia tales inmoralidades y a sus fatuos protagonistas gastándose el dinero en comprarlo.
Ni chorizo público con vocación de escritor, personajes más o menos poderosos, cuya piel tiene en muchos casos el color y el perfume del talego, que diría aquel, y listos a más no poder. Sus aficiones: el pádel, el golf, la caza, la vela, los desfalcos, las estafas, los pelotazos inmobiliarios y la corrupción a distintos niveles, ya sea de carácter política, judicial, policial o periodística. A los miembros de ese selecto club “de la gomina” les resulta casi imposible no ceder a la tentación de alardear de sus hazañas y acabar poniéndolo por escrito; solo es cuestión de tiempo. Entonces la gente corre de nuevo hacia las librerías en busca del librito y hacen colas interminables para conseguir la dedicatoria personal del sinvergüenza de turno.

En fin, con ese tipo de cosas hacen ostentación algunos de los escritores que venden miles y miles de ejemplares, que adornan las tapas de sus libros cual bombillas en un árbol de Navidad, que parecen ser los mayores (cuando no los únicos) avales del trabajo que se esconde entre sus páginas, por cutre, simplón y previsible que este pudiera ser, y que parecen poseer la llave mágica que abre las puertas vetadas para el resto, que son la mayoría.

En mi caso, cuando en 2009 terminé de escribir No a nosotros, Señor (el germen de El pozo de Harod) creí, con una ingenuidad que rayaba lo pueril, que había bastado con dedicar tres años e infinidad de investigación para construir una buena historia. Dediqué cantidad de tiempo y recursos viajando para captar “los exteriores de la novela”, para localizar y estudiar documentación fiable que casi siempre incluía traducción, o para maquetar e imprimir la obra... todo con el fin de alcanzar mi sueño: su publicación.

Me ilusioné pensando que, después de todo aquel esfuerzo, ganaría con justicia un afamado premio de novela, de esos en los que se juzga el trabajo sin atender amiguismos y compromisos, es decir, de los que se cuentan con los dedos de una mano. O tal vez la obra cayese en manos de un agente literario que convencido de sus posibilidades, pusiera en funcionamiento el monstruoso y elitista engranaje del éxito. Entonces los editores colapsarían mi teléfono pretendiendo lograr la exclusiva, las distribuidoras redactarían a cual mejor contrato, el dichoso libro estaría expuesto en los escaparates y cabeceras de las librerías más importantes, los medios de comunicación se harían eco de la noticia... y, claro, Alejandro Amenábar compraría los derechos de explotación cinematográfica y realizaría la película con Elsa Pataky y Miguel Ángel Silvestre en los papeles estelares.
Pero la realidad es que en el mundo literario, si te apellidas Follet da igual lo que escribas, aunque todo regrese una y otra vez al tamaño de los genitales de los protagonistas y a la longitud de sus pelos, que no cabellos.

Mil veces me pregunté (aún lo hago): “¿Cuántos Einstein, Pasteur o Cervantes habrá en los campos de refugiados? Personas con capacidad, con posibilidades, pero sin la más mínima oportunidad. ¿De verdad les cuesta tanto a los protagonistas del sistema editorial y a los medios de comunicación apostar solo un uno por ciento de sus recursos a los autores noveles? ¿Es que acaso los ya consagrados no lo fueron un día? ¿Es que no se harían de oro si descubriesen al escritor revelación?”

Es verdad que, a pesar de las correcciones que aquella novela había sufrido, aún tenía un manojo de expresiones gramaticalmente mejorables y la estela del laísmo que suele delatar a los madrileños, que a muchos les chirría cuando se encuentran con él, y que a mí mismo me sorprendió sobremanera al releer la obra una vez publicada, con la mente crítica que algunos lectores me habían transmitido.
Comencé justificándome argumentando que el laísmo no suele modificar el espíritu del contexto en el que se encuentre. Seguí mi proceso de cicatrización emocional recordando que este defecto se extendió durante el Siglo de Oro español, con el traslado de la Corte a Madrid en 1561, cuando los prestigiosos escritores de la época, que estaban contagiados con dicha imperfección, comenzaron a publicar sus obras. Y llegué al colmo de convencerme del “hecho” de que esos detalles no solo no enturbiaban la historia; incluso podrían haber terminado convirtiendo los 2.000 ejemplares que imprimí en objetos de culto, en piezas raras perseguidas por coleccionistas, puesto que las futuras ediciones, que sin duda contarían con mejores medios, rectificarían los fallos. Tres errores garrafales.

Nada más comenzar a distribuirla, recibí dos o tres críticas destructivas. Una era de alguien que empezó a leer el prólogo de la novela, presentado en mi primera página web, y se había asfixiado al faltar una coma en uno de los primeros párrafos; algo tan imperdonable y dramático que le impidió continuar leyendo lo que inmediatamente calificó como “un tocho infumable”. Para evitar ahogarse, seguramente jamás habrá leído algunas obras de José Saramago, premio Nobel de Literatura, que eliminaba adrede todos los signos de puntuación porque consideraba que, al hacerlo, impedía la pasividad del lector y le estimulaba a construir el texto. Como él solía decir: “Todo lo que debe saber está allí, aunque parezca oculto”.
Yo nunca soñé con un Nobel, y jamás habría tenido la osadía de imitar a quien lo obtuvo con total reconocimiento. Pero, ¡hombre!, la falta de una coma en una primera novela corregida por el mismo autor... La saña y enojo cruel y rencoroso que destilaban los dos correos que me envió aquella persona me produjeron la sensación de que detrás de la desconocida identidad, con un más que probable problema de estreñimiento físico y mental, se ocultaba alguien a quien conocía y que por algún irrazonable motivo tenía algo personal contra mí.
Lo mismo ocurrió con otro individuo, de esos que algunos calificarían como “cagón de portales”. Este personaje, oculto tras una identidad falsa, se dedicaba a pregonar las supuestas maldades del autor como persona a partir de su manera de escribir, y para más inri, después de haberle apoyado en el pasado.
Estoy convencido de que, en ambos casos, solo se trataba de intentar provocar daño gratuito, ridículamente innecesario, absolutamente estéril y de escaso mérito, a juzgar por la enorme cantidad de incongruencias, faltas de ortografía y mala educación que abundaban en los textos que con tanto “esfuerzo” debían haber conseguido preparar, creyendo que componían una crítica literaria responsable, seria y respetable.
Y luego estuvo aquel pobre hombre con nombre de pez que, sin siquiera llegar a tener un ejemplar en sus manos, dijo tal cantidad de idioteces sobre la obra, y con la cobardía que añade hacerlo a espaldas del autor, que hizo buena la frase atribuida a Groucho Marx: “Más vale estar callado y parecer tonto, que hablar y despejar la duda”.

Sin embargo, el tiempo y las experiencias que he compartido con otros autores me han enseñado a valorar todo en su justa medida y a ver con cierta distancia lo que antes llevaba permanentemente entre los ojos. Aprendí a no fijarme tanto en las muchas opiniones positivas y a extraer lecciones de las críticas constructivas (las otras no merecen ni el espacio que ocupa esta frase). Había creado una buena historia, sin duda, pero necesitaba someterla a una corrección seria, algo fundamental si se quiere conseguir respeto entre los lectores. Y me puse manos a la obra comenzando con la inmediata retirada de la novela de todos sus puntos de venta.
Modifiqué su estructura, introduje nuevos personajes, aumenté el nivel de suspense, rectifiqué el final y cambié la portada… 3 años más de trabajo. Y nació El pozo de Harod.

Como publicar de manera convencional sigue siendo algo casi imposible, entré en el mundo de la autopublicación digital en Amazon a finales del verano de 2012. Los primeros meses no vi resultado alguno, y a la paciencia tuve que añadirle la gran paciencia. Seguí los consejos de otros que ya habían recorrido un buen trecho del camino que yo estrenaba: Blanca, Josep, Frank, Puri, Antonia, María José, Mayte, Carmen, Julio, Manuel, Mercedes, Enrique, Lola… Y sin darme cuenta empecé a cosechar los frutos: más de 600 amigos en Facebook, más de 1.400 seguidores en Twitter, casi 25.000 visitas en mi blog, 60 opiniones públicas de lectores (la mayoría de ellas constructivas), varios correos memorables y alrededor de 6.000 descargas de la novela a través de distintas plataformas (algunas piratas), lo que significa que tengo el inmenso privilegio de ser leído en todo el mundo. Para la posteridad quedarán los números 1 alcanzados en el ranking general y por categorías en USA, España, México, Brasil y la India, que aún me parto de la risa cuando veo los “pantallazos” de estos dos últimos países.

Eduardo Perellón
(Como aparecerá en la versión de papel)
Ahora, después de someter la novela a una maquetación profesional y añadirle contenidos extras, puedo decir que el trabajo está prácticamente terminado. Solo queda pendiente la creación del booktrailer y la salida del libro en papel a través de CreateSpace (ambas cosas en las dos o tres próximas semanas).

Y con la satisfacción del trabajo bien hecho y la experiencia siempre a mano, concentraré mis esfuerzos en terminar mi segunda novela: El enigma de Calaf.

Moraleja: ponerle pasión, no escatimar el esfuerzo, regar con mucha paciencia y, sobre todo, estar comprometido con la calidad.

Dicen que quienes olvidan su historia están condenados a repetirla. De ahí este post.
Así lo pienso y así lo escribo.