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lunes, 25 de abril de 2016

EL TRINO DEL DIABLO

No sé si os ha pasado en alguna ocasión.
Llevo toda la semana en cama con gripe: fiebre, un enorme malestar, mil dolores… en fin, lo que todos conocemos.
Hace un par de días, a eso de las cuatro de la tarde, sentí como empezaba a subirme la fiebre. No es que sea algo habitual en mí. La verdad es que tengo bastante buena salud (quitando los terribles dolores de espalda que me persiguen desde hace la mitad de mi vida). Pero, a fuerza de comprobarlo varias veces cada día y cada noche durante las jornadas pasadas, reconocí al instante los síntomas. Así que me tomé una pastilla y corrí de nuevo a la cama, dispuesto a volver a hacerme un ovillo y pasar la “tiritera” cuanto antes.
Pues bien, subió la fiebre y, en mi delirio… ¡soñé el final de una de las novelas que estoy escribiendo! ¡Con pelos y señales! Y era tan bueno el final que, descendiendo a velocidad de vértigo por el tobogán de la calentura, le pedí el portátil a mi esposa quien, alucinada ante la razón que esgrimí, me lo entregó. Quería escribirlo inmediatamente, pues estaba seguro que lo olvidaría.
El día anterior ella me dijo que yo hablaba de una culebra en la cama (otro delirio que ni recuerdo). Lo que estaba claro es que no podía permitirme el lujo de perder la información que mi cerebro (tal vez fuese mi amiga Clío de nuevo) había creado.
Y hoy que leo lo que escribí, me asombro, pues os juro que no habría sido capaz de hilar como lo hice. Va a ser verdad eso que dicen acerca de cómo el cerebro rinde más sometido a determinados estímulos.

El caso es que todo esto me recuerda una de mis anécdotas favoritas, la que se cuenta sobre el compositor Giuseppe Tartini a propósito de su obra titulada “El trino del Diablo”.
Os la escribo como lo leí de Carlos Fisas en su apasionante libro "Mis anécdotas preferidas":

     Corría la segunda mitad del año 1700. Joseph Lalande, que a la sazón era el más importante astrónomo, comentó con su amigo Tartini la suerte que tenían de vivir en el ilustrado siglo XVIII, libres de supersticiones, sin magia, brujería, ángeles o demonios, creyendo únicamente lo que los ojos pueden ver y el cerebro asumir racionalmente.
     El violinista, que para entonces estaba consagrado en el Olimpo de la música barroca, le preguntó:
     -¿Acaso no creéis en el Diablo?
Guiseppe Tartini
     -Desde luego que no.
  -Pues yo sí creo. Y no solo eso. He comprobado personalmente su existencia y le estoy agradecido, porque me ayudó a crear mi obra maestra.
   Entonces Tartini le confesó que, cuando tenía 22 años, soñó que hacía un pacto con el Diablo a cambio de riqueza y gloria. En el sueño ofreció su violín al Maligno, retándole a ver si era capaz de enseñarle algo que le sorprendiera.
   Y el Diablo tocó como Tartini jamás había escuchado. Una melodía salvaje, incitante y melancólica, tierna y bárbara, angustiosa y, sin embargo, llena de belleza.
    Tal era su fuerza e intensidad que reconoció, un instante antes de despertar, haberse sentido al borde de la muerte a consecuencia de puro éxtasis.
     Al hacerlo, cogió su violín y trató de recordar lo que había escuchado, no fuese a ser que lo olvidase.
    -Escribí El trino del Diablo tal y como vos y el mundo lo conocen hoy -concluyó Tartini-. Pero creedme, mi esclarecido y escéptico amigo, la pieza que yo compuse es infinitamente inferior a la que el Diablo tocó para mí durante aquel sueño.

En fin. Sin duda la pieza musical pone la piel de gallina tanto a quienes entienden de música como a los que simplemente nos encanta el mal llamado género “clásico”.

Por si nunca has tenido la oportunidad de escucharlo, pincha en la imagen de Tartini y sube el volumen. Ahí he seleccionado poco más de 6 minutos de una pieza bastante mayor. Pero para que te hagas una idea, sobra.

Y ahora, en serio, más allá de las dos anécdotas.
Creo en la existencia de Dios y, por lo tanto, también creo en la existencia del Diablo y en que "sigue transformándose en ángel de luz". Pero lejos de crear cosas bellas, la inspiración del Diablo no se aparta de la basura del mundo: pederastas, terroristas, criminales, maltratadores, ladrones y pervertidos. A todos ellos y a quien les inspira, un día no lejano les llegarán San Martín.

Así lo pienso y así lo escribo.

sábado, 23 de abril de 2016

EL POZO DE HAROD. RUTA 1: Algún lugar de Toledo

El destino que os propongo se relaciona directamente con las primeras letras de la novela...


Como planteo en este apartado de mi página web, cuando escribí El pozo de Harod no tenía en mente ningún lugar de Toledo en concreto. Sí quería que fuese un lugar de inviernos extremos, sobre todo para la fecha que se indica, con el fin de predisponer al lector a seguir leyendo con una sensación de recelo, que esperaba acrecentar con la aparición de Torquemada y lo que se narra después.


Por cierto, algunos lectores me han indicado que la historia contada en la primera parte del prólogo resulta demasiado explícita. Sin embargo, como indico en las notas finales: “siendo consciente de la dureza de las escenas, se ciñen por completo a la terrible y lamentable realidad de un pasado no tan lejano y son el resultado de estudiar una enorme cantidad de documentos de la Inquisición, ya desclasificados”.

Este personaje fue nombrado Inquisidor General por el papa Sixto IV a petición de la reina Isabel la Católica cuya imagen, escrito sea de paso, se ha querido adornar con la interpretación de la guapa Michelle Jenner en la serie que lleva su nombre, pero que en realidad era tan fea de apariencia como de alma, pues colocar a semejante fanático al servicio de la Iglesia solo podía traer las consecuencias que sabemos.

El caso es que históricamente Tomás de Torquemada andaba por Toledo al tiempo de la narración. Y puesto que el pueblo que os propongo, Caudilla, está ubicado en un terreno llano y expuesto al clima intenso, y dista alrededor de “un día de carreta” de la capital, Toledo, creo que puede reunir suficientes avales para ser nombrado oficialmente el “Algún lugar de Toledo” de El pozo de Harod.

La imagen del destino enlaza con la entrada del blog de Faustino Calderón, experto en pueblos deshabitados, con Caudilla como protagonista, donde veréis fotografías del lugar mientras os cuenta su historia real mejor que yo. 
Además, si os gustan los relatos sobre este tipo de pueblos, ahí hay para dar y tomar.

Pero si alguna vez lo visitas personalmente, mientras paseas por sus ruinas, intenta imaginar a Pedro de Villanueva y a su esposa separados a la fuerza de sus hijos y montados en una carreta de camino a Toledo donde ni se imaginan lo que les espera. ¿O tal vez sí?

Así lo pienso y así lo escribo.

lunes, 18 de abril de 2016

EL POZO DE HAROD. TRAS LOS PASOS DE LA NARRACIÓN

Preparando como estoy mi nueva página web, que me gustaría presentar en unos días, y haciendo un mestizaje entre mis aficiones y mi trabajo literario, se me ocurrió crear un apartado a través del cual quienes visiten la página y sean aficionados como yo a descubrir nuevos lugares, tengan la posibilidad de conocer personalmente los escenarios reales de mi novela.

Clío, musa de la Historia
Me doy cuenta de que se trata de un trabajo considerable, pues va a requerir que los pasee de nuevo, los documente y los presente de manera atractiva. Y todo esto cruzando de manera transversal mi actual etapa de escritor, en la que desde hace unos días tengo a Clío detrás de mí.

Así que voy a aprovechar cuando mira hacia arriba para dedicar un poco de mi escasísimo tiempo a este nuevo reto, confiando en que los resultados estén a la altura de mis lectores…

Para que sepáis de qué estoy escribiendo, os presento los objetivos de las rutas literarias que resumen toda la novela, y que son nada menos que 14:

RUTA 1: Algún lugar de Toledo
RUTA 2: Algún lugar de la costa mediterránea
RUTA 3: Comillas-Maliaño (Cantabria)
RUTA 4: Santander (Cantabria)
RUTA 5: Wrocław (Polonia)
RUTA 6: Vaticano
RUTA 7: Toledo
RUTA 8: San Millán de la Cogolla (La Rioja)
RUTA 9: Las Lagunas de Ruidera (Castilla-La Mancha)
RUTA 10: Valencia de Don Juan (Castilla y León)
RUTA 11: Comarca de La Serena (Extremadura)
RUTA 12: Monasterio de San Lorenzo de El Escorial I (Madrid)
RUTA 13: Monasterio de San Lorenzo de El Escorial II (Madrid)
RUTA 14: Madrid

A medida que voy escribiendo esta lista se me están poniendo los pelos de punta…

Por cierto, no tengo intención de regresar de momento a Polonia. De modo que veré qué guardo sobre mis estancias en aquella fría tierra del centro de Europa, para componer su ruta.

Pero jamás he estado en el Vaticano, y dudo mucho que vaya a hacerlo próximamente, por lo que si alguno de vosotros tiene algunas fotografías de tres o cuatro puntos emblemáticos y quiere que queden inmortalizadas en esta serie, puede ponerse en contacto conmigo mediante un privado en Facebook.

Y ya puestos a pedir, necesito localizar un punto de la costa (preferiblemente Cataluña) para que ocupe el lugar de la Ruta 2, pues cuando escribí El pozo de Harod no pensé una localización específica. A ese lugar sí iré para documentarlo, aunque podéis imaginar cuánto me facilitaría la labor una criba inicial. En concreto, busco un acantilado sobre el Mediterráneo al que se llegue por un camino de tierra. Y cuanto más espectacular, mejor. No olvides que se trata de dirigir a los lectores hacia allí.


MIL  GRACIAS

Bueno, pues ya está. Con esta entrada queda comprometida mi palabra. En unos días, la primera.
¡Ah! Aviso: no publicaré las rutas en el orden indicado.

A ver cuánto tardo en concluir el proyecto...


Así lo pienso y así lo escribo.