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lunes, 23 de mayo de 2016

MONASTERIO DE EL ESCORIAL. APUNTES DE ARQUITECTURA: La huella de Juan de Herrera

Para dar soporte a una de las rutas de El pozo de Harod, preparo este post en el que concentraremos la atención en algunos de los muchos detalles en los que se ve la firma del arquitecto Juan de Herrera.

Juan de Herrera
Juan de Herrera nació en Cantabria (España) en 1530 y murió en Madrid (España) en 1597. Con 18 años llega a formar parte del grupo de caballeros que acompañan al príncipe y luego rey Felipe II por sus dominios, a través de los que aprende la corriente arquitectónica de la época: el Renacimiento.
La enorme biblioteca privada que aparece tras su muerte atestigua de su ávido deseo de aprender, no solo las artes excelsas, sino también las pseudo-ciencias, cosa que aplica con maestría en infinidad de detalles de sus obras.
En 1563 es requerido por el Arquitecto Real Juan Bautista de Toledo para que sea su discípulo en su obra maestra: La Traza Universal, el Monasterio de El Escorial. Pero solo está a sus órdenes cuatro años, hasta la muerte del maestro.
Felipe II acabaría otorgándole la dirección de las obras, quedando como Arquitecto principal. Y es con esta categoría que modifica sustancialmente el proyecto original de Juan Bautista de Toledo, creando un sello propio que aparece por todas partes en tan magna construcción, confiriéndole la apariencia que hoy disfrutamos.

En este post fijaremos la atención en tres firmas concretas que, a modo de huella dactilar, identifican a Juan de Herrera de por vida, creándose con ellas el llamado “estilo herreriano” que después imprime en el resto de sus diseños constructivos: las bolas, los chapiteles y las bóvedas.
Vamos a verlos uno por uno.

Bola herreriana
Las bolas herrerianas adornan con sobriedad aquí y allá toda la edificación. Se las puede ver adosadas a fachadas, como remates de cornisas y como hitos en muros. Hasta nuestros días ha perdurado este tipo de remate, como bien atestiguan infinidad de viejas y nuevas edificaciones por toda la Sierra de Madrid.

Chapiteles
Por otro lado, cada una de las cuatro torres de 56 m. de altura que cierran las esquinas de la mole de piedra, apuntan al cielo escurialense con una maravilla arquitectónica de complejísimo diseño y ejecución: los chapiteles.



Para crear estos remates se inspiró en los tejados de Flandes y, obsesionado como estaba por la Geometría, ahí podemos ver todo tipo de figuras: pirámides, esferas, triángulos, etc., mezclados proporcionalmente de una manera casi imposible.

En el museo de Arquitectura que alberga el Monasterio se pueden ver los bocetos y maquetas a escala de estas espectaculares puntas.

Antiguo edificio del Ministerio del Aire (Madrid)
En cuanto a chapiteles (y mucho más), resulta curioso el parecido de la edificación de Juan de Herrera en El Escorial con la posterior que hizo levantar el dictador español en Madrid a mediados del siglo XX. Claro que de todos es sabida la obsesión de este señor con el Monasterio de El Escorial…
Aún así, y con todos mis respetos hacia los arquitectos creadores de esta segunda obra, como diría una amiga mía, me parece poco más que "una burda imitación". En este caso, jamás la copia supera al original.

Y he dejado para el final las bóvedas.
Herrera hizo en El Escorial un amplísimo catálogo de ellas: de cañón, de crucería, de arista, rebajadas…


Sin embargo, su obra maestra la realizó en el sotacoro, justo a la entrada de la basílica: la bóveda plana, un prodigio de la construcción para aquel tiempo, una solución audaz hasta entonces jamás ejecutada en ningún edificio del mundo.

Bóveda plana en el sotacoro de la basílica del Monasterio de El Escorial

Voy a tratar de explicar esto.
Para aquellos que no tengan conocimientos de albañilería o arquitectura hay que decir que una bóveda puede emplearse como forjado, la estructura de un piso, el suelo.
Pues bien, justo encima de la bóveda plana que mencionamos se encuentra el coro de la basílica, el lugar delante del altar mayor que está ocupado por los monjes y sus instrumentos musicales (si se tercia) durante las ceremonias religiosas. De hecho, esta bóveda es su suelo.
Una vez empezadas las obras, Felipe II decidió duplicar el número de cantores, lo que provocó la necesaria ampliación del espacio. Originalmente, esta bóveda iba a ser de crucería. Pero el desarrollo de esta incide directamente en su espesor, afectando a la altura del coro y a su superficie útil.
Así que Juan de Herrera solucionó el problema creando esta bóveda de planta circular que solo tiene 24 cm. de espesor y cubre más de 6,5 m. de vano desde sus correspondientes apoyos, lo que permitió que la altura y superficie del coro fuesen las que se necesitaban.
Vista desde abajo, está formada por siete anillos de 40 cm. de ancho compuestos por dovelas de granito labradas en cuña, que tienen como centro o clave un círculo hecho con dos sillares simétricos separados por una junta diametral.
La bóveda plana descansa sobre cuatro arcos rebajados y unas suaves pechinas (triángulos curvilíneos) que van desde el séptimo anillo hasta las esquinas del arranque de los pilares.
Se construyó de fuera hacia adentro. Y no era necesario hacerla completa, pues cada vez que se cerraba un anillo y sus sillares entraban en carga, el conjunto se equilibraba aunque faltasen anillos.

Pero esta bóveda tiene otra historia que voy a contaros.
Cuando Juan Bautista de Toledo murió y Juan de Herrera le sustituyó, Felipe II no le consideraba tan buen arquitecto como el primero. Y Herrera estaba dispuesto a demostrarle que, como dice la Biblia: “el discípulo puede ser mejor que su maestro”. Así que, una vez finalizada la bóveda, colocó justo en medio una falsa columna pintada imitando al granito, que no llegaba a la bóveda por milímetros.
Entonces hizo llamar al rey, se lo enseñó y le preguntó si le gustaba. Felipe II, que era tan erudito en la arquitectura que los historiadores afirman que con él las obras tuvieron tres arquitectos, asustado e indignado le espetó que dónde se había visto que una bóveda tuviese que estar sostenida por un pilar central.
Herrera pasó una hoja de papel por el hueco entre la falsa viga y la bóveda, dejando al rey boquiabierto. Y a continuación empujó el pilar, provocando el terror del rey, que creyó que se le vendría encima la construcción de granito.
Así vio la maravilla arquitectónica de esta bóveda, diciendo la famosa frase: “Herrera, Herrera, con los reyes no se juega”. Y no solo le otorgó su plena confianza, sino que le concedió el título de su maestro: Arquitecto Real.

Resulta sorprendente la cantidad de gente que pasa por debajo al entrar en la basílica e ignora lo que hay sobre su cabeza. Confío en que cuando lo visites mires al techo del sotacoro con otros ojos.

Juan de Herrera, por su parte, acabó siendo llamado por las cortes europeas más influyentes, incluyendo el mismísimo Vaticano, para realizar otras obras maestras…

Y colorín, colorado, el cuento de Juan de Herrera ha terminado. Hay mucho más, pero espero que lo descubras en tu visita personal.

Así lo pienso y así lo escribo.

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