NÚMERO DE VISITAS

jueves, 26 de mayo de 2016

MONASTERIO DE EL ESCORIAL. APUNTES DE ARQUITECTURA: La Basílica

Para dar soporte a una de las rutas de El pozo de Harod, preparo este post en el que visitaremos una parte espectacular del Monasterio de El Escorial (Madrid): la Basílica.

Hace unos meses la visité acompañado de los que en ese momento eran mis 14 alumnos, de los cuales 6 eran marroquíes. En cierto momento de la visita uno de los responsables de vigilancia se acercó para informarme de que habían sido protagonistas del seguimiento de sus cámaras hasta que descubrieron que iban conmigo, en lo que les acabó pareciendo lo que en realidad era: una visita guiada. Me confesó que jamás había visto árabes allí. Y no cuento más de aquella conversación porque creo que todos sois capaces de imaginar cómo continuaba…

Escribo esto porque yo, que no soy católico, puedo comprender que haya personas que utilicen su conciencia para decidir entrar aquí o no, aunque la visita se realice fuera del horario de ceremonias religiosas.
Sin embargo, tanto si no tienes problemas con esto como si los salvas de una manera u otra, la visita que propongo hoy (exclusivamente cultural) te aseguro que merece la pena.

De modo que atravesemos el Patio de los Reyes y pasemos por debajo de la estrella del Monasterio, la bóveda plana de Juan de Herrera (de la que hablé en otro post). Por cierto, detente ahí un momento y piensa que, en su origen, ese lugar completamente cuadrado fue una capilla funeraria privada, y su planta es una réplica exacta a escala de la planta del templo donde vas a entrar ahora.
Encima de ti está el coro de la Basílica, de ahí que se denomine “sotacoro” el lugar donde te encuentras.

Vista del altar mayor desde el coro

Ahora sí, penetremos en un espacio en el que la grandiosidad se combina magistralmente con la ingravidez. No serás capaz de sentirme grande allí. Y no es de extrañar; piensa que todo lo que vas a ver está inspirado en el mismísimo Vaticano…

Detalle de los pilares dóricos

Técnicamente hablando, la Basílica es un cuadrado de cincuenta por cincuenta metros sobre el que se levantan cuatro colosales pilares dóricos de ocho metros de lado que, por su posición centrada (se ubican exactamente a quince metros y medio de distancia entre sí), dan lugar a tres naves sin importar desde dónde lo mires. Las ventajas y misterios de un cuadrado…


Cada una de las naves se cierra mediante una bóveda de cañón realizada con ladrillo a partir de los muros perimetrales donde se asientan. ¿Sabías que existe un pasadizo superior que cruza por el interior de esta estructura toda su longitud perimetral? ¡Y cuántos otros ocultará esta imponente construcción!

Camina hacia el centro...

Lo más probable será que tus ojos ya se hayan fijado en la cúpula de granito de diecisiete metros de diámetro que se eleva noventa metros desde donde te encuentras.



Si te fijas, aunque esto es un tecnicismo, esta cúpula se apoya sobre lo que se denomina “tambor”, así que tienes ante tus ojos la primera cúpula de tambor (también llamado cimborrio) realizada en España.

Este elemento arquitectónico favorece la iluminación de la iglesia mediante sus ocho ventanales. La luz natural que los atraviesa, junto con la que entra a través de las llamadas “ventanas termales” ubicadas en distintos puntos de la estructura, es la única iluminación del espacio, lo que produce esa sensación premeditadamente sobrecogedora que te está invadiendo desde que cruzaste sus puertas.

Antes de acercarnos al altar mayor, presta atención al techo del coro, arriba, justo a tu espalda. El fresco que ves lo pintó Luca Cambiaso en 1583. La obra se titula “La Gloria” y, como su nombre indica, pretende representar la gloria celestial.

La Gloria (Fresco en el techo del coro)

Pero fíjate en este detalle del que le habla el Maestre a Carla en El pozo de Harod: La imagen de la “Santísima Trinidad”, en el lugar más alto del fresco, muestra al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo en una más que curiosa escena.
La doctrina antibíblica de la Trinidad enseña que sus tres miembros son una sola persona, de igual sustancia y poder. Pero el artista, lejos de pintarlos así, lo hace como tres elementos completamente diferentes. Mira cómo:
Por un lado, el Padre aparece separado del Hijo y mucho más viejo, precisamente como correspondería una relación “distinta” de padre e hijo, no de iguales. Por otro lado, ambos están representados como personas físicas independientes, sentadas y con sus pies apoyados sobre un bloque de piedra en forma de cubo, es decir, algo sólido, tangible.
¿Y el Espíritu Santo? Lejos de ser parte de ellos, lejos de tener forma humana o de cualquier otra cosa sólida, es un ente que los sobrevuela.
Esa imagen representa mucho mejor lo que la Biblia dice de los tres. ¿Será acaso que Juan de Herrera y Luca Cambiaso se confabularon para introducir un elemento discordante con la doctrina falsa oficial, pero apegado a la verdad? Y, ¿por qué no lo detectaron las omnipresentes autoridades eclesiásticas? Pues que sepas que esta no es la única ocasión en que Juan de Herrera camufló cosas. Te descubriré alguna más en la Ruta 13 de El pozo de Harod.

Retablo mayor
Bueno, regresemos a la Basílica y aproximémonos al altar mayor. Ya resulta espectacular desde lejos, pero de cerca es impresionante.
Aunque fueron 60 los artistas que intervinieron en su ejecución, los principales de ellos fueron Juan de Herrera y Jácome da Trezzo. Un trabajo de cuatro años en el que se emplearon para su embellecimiento jaspes finísimos y bronce dorado al fuego. Los cronistas escribieron sobre este retablo mayor que “es un alarde artístico en el que se lucen la mayoría de las disciplinas de la arquitectura greco-romana”.
Y así es. Si nos fijamos bien, el retablo, que mide treinta metros de altura y catorce de ancho, consta de cuatro cuerpos horizontales. El de abajo, sobre el zócalo, es dórico. Por cierto, el zócalo incorpora dos puertas de caoba a los lados que permiten al acceso a la parte trasera del retablo y a ese lugar muy, muy abajo donde la Gran Orden del Ocho esconde sus secretos…
El segundo, jónico. El tercero, corintio. Y el de arriba, que contiene un Calvario, es compuesto.
Fijémonos un instante en el primer cuerpo. En el centro aparece el tabernáculo.

Tabernáculo
Este templete circular es una joya maravillosa, una obra maestra de Juan de Herrera y Jácome da Trezzo realizado con bronce dorado, mármoles y jaspes. Se tardó en concluir siete años, lo que da una idea del trabajo de orfebrería que incorpora y que se enriquece si cabe con la iluminación a contraluz que le ofrece el Patio de los Mascarones. Está estratégicamente ubicado en la vertical del Panteón Real.

Originalmente guardaba una custodia de oro puro y piedras preciosas, un topacio del tamaño de un puño y la correspondiente hostia consagrada. Pero para ver las dos primeras tendríamos que preguntar a Napoleón dónde escondió estas piezas que robó.

Un detalle curioso y final del retablo mayor es que las esculturas que incorpora en cada cuerpo de abajo hacia arriba son una octava más grandes en cada uno. Si todas fueran iguales, a medida que elevamos la vista las veríamos cada vez más pequeñas y desproporcionadas. Pero compensando en cada nivel su tamaño con respecto al anterior, el efecto óptico es el contrario y el conjunto luce perfectamente equilibrado.

Decimos adiós a las familias de Felipe II y Carlos V que siguen rezando a la derecha e izquierda, respectivamente, del altar mayor, y vamos a visitar brevemente la Capilla de los Doctores, mencionada en El pozo de Harod. La encontramos a la derecha según miramos la puerta de salida.

El óleo que pone rostro a los doctores de la Iglesia, Agustín y Jerónimo, resulta curioso pues el primero sostiene en su mano una representación del Monasterio. Pero la forma que tiene no se corresponde con la realidad, y eso que Sánchez Coello pintó ese cuadro en 1580, solo cuatro años antes del fin de las obras. ¿Por qué?
Tal vez Juan de Herrera quiso rendir homenaje a su maestro Juan Bautista de Toledo, el autor original de la Traza Universal, pues la representación que sostiene Agustín es como era esta en su génesis. ¿Pretendía acallar su conciencia por haber modificado casi por completo el proyecto de su jefe?…

Pero este pequeño recinto incorpora otra peculiaridad: una escultura que muestra a Cristo crucificado, a tamaño natural, en mármol blanco. La imagen enseñaba a un Jesús completamente desnudo, con sus genitales al descubierto. La censura hizo que se cubriesen sus vergüenzas con un paño del mismo color que, si no te fijas bien, parecerá parte de la piedra. Y así sigue siendo hasta el día de hoy.

Estamos llegando al final del viaje. Pero antes de abandonar este majestuoso lugar, dejadme que os de una pincelada de conclusión referida a la planta del templo.

Planta real
Aunque esté considerado “Basílica”, lo es solo en el sentido litúrgico de la palabra, pues como os he contado, en realidad se trata de una superficie cuadrada, no con forma de cruz latina que es la verdadera planta basilical.

¿Cómo llegó esto a ser así? Bueno, el mismo año que comenzaron las obras se celebró el Concilio de Trento en el que, además de meterse con los protestantes usando el “Santo Oficio”, se acordó que todas las iglesias debían tener planta de cruz latina. Así que se pusieron manos a la obra y reestructuraron la cubierta, que se amplió para albergar por el este la zona posterior al altar mayor y por el oeste el coro y el atrio. Y ya tenían una cruz… al menos vista desde arriba, pues la planta seguía siendo cuadrada, como hemos comprobado.

Vista aérea de la rectificación de la cubierta basilical
Pero estos esfuerzos y la pasta que Felipe II envió a Roma hicieron que el Papa de turno se lo pensase mejor y emitiese un privilegio por el cual aquel recinto se santificó como “Basílica”.
Al final es cuestión de poder, ya lo veis. Y de ese, la Basílica del Monasterio de El Escorial rebosa por sus cuatro costados.

Y colorín, colorado, el cuento de la Basílica ha terminado. Hay mucho más, pero espero que lo descubras en tu visita personal.

Así lo pienso y así lo escribo.

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